Semanas de viaje y búsqueda fue lo que sufrieron Leena y XIX mientras seguían la señal del curioso artefacto que portaban. Durante ese tiempo el rastro que perseguían parecía cambiar de ubicación constantemente, aunque su rumbo seguía siendo esencialmente el mismo… el Noreste y finalmente el Este.
Cruzaron la Pradera Eterna de Abel y acabaron llegando a la tierra natal de Leena, Ilmora, pero no se detuvieron allí, siguieron al Este, caminando rodeados de los extensos campos de cultivos de Helenia, el granero del Imperio, hasta entrar en el principado de Gabriel en las que en sus ciudades rebosaban el lujo y la pomposidad… Realmente sus iniciales sospechas empezaban a tomar forma: Aquel artefacto los llevaría a una de las zonas más tenebrosas y oscuras de Gaïa: Moth.
—Uhm… la verdad es que no hace tanto que venía a Moth… me trae ciertos recuerdos —Dijo Leena cuando pasaron cerca del Bosque de las Sogas.
—¿Puedo preguntar que te trajo a un lugar así, Alma? —Preguntó en respuesta XIX, mirándola con cierta curiosidad.
—Bueno… una chica llamada Astrid quería vivir aventuras y la traje aquí a que nos perdiésemos un poco… —Dijo con algo de vergüenza, mirando a otro lado —. Quizás me pasé un poco.
—Joder, Alma… ¿No había sitios más… normales para llevar a alguien de exploración?
—Lo sé, lo sé… pero quería que fuese inolvidable… y vaya que si lo fue. Una de las primeras noches fuimos atacadas por un Nezuacuatil… pero la experiencia nos hizo volvernos muy cercanas —Reconoció mientras en sus mejillas se le dibujaba cierto rubor.
—De verdad que eres de lo que no hay… —Suspiró el hombre y miró el talismán que los guiaba, seguido de lo cual observó el horizonte —. Creo que esta cosa nos lleva al Bosque Seifenschwein…
—Nunca he estado allí. ¿Qué puedes contarme de él? —Interrogó Leena, pues XIX no solo era un guerrero formidable, su mente era portentosa y era prácticamente una enciclopedia humana. Poca gente podía imaginar que tras aquellos músculos hubiese un prodigio como lo era Artorius.
—Según he leído es una de las zonas más bonitas de Moth, hasta el punto que de entre sus árboles hay espacio suficiente para que la luz del sol penetre. Recientemente se han reportado algunas desapariciones y avistamientos de seres similares a las chichusei… —Observó a Leena, que tenía cara de no haber entendido eso último, así que amplió su explicación —. Seres arácnidos con parte del cuerpo de mujer humana.
—Ahh… bueno, no creo que nos den muchos problemas, la verdad… y tampoco es que vayamos a ir buscando jaleo —Dijo con cierta confianza, no en balde ambos habían superado adversidades increíbles y habían salido adelante más bien que mal.
Y con esas palabras continuaron su camino rumbo al bosque. Una vez en él pudieron apreciar como el paisaje cambiaba… Moth solía tender a estar dibujado de colores tristes y apagados, donde el gris era el claro ganador… allí sin embargo el verde era vivo y la luz solo lo embellecía todo, era como si hubiesen viajado a la otra punta del mundo sin darse cuenta.
El talismán cada vez empezaba a vibrar con más intensidad y ambos lo siguieron acelerando el paso. Nada los perturbó en su persecución, aunque desde luego ojos indiscretos acechaban entre aquel hermoso bosque, pero ninguno se atrevió a interponerse en su camino.
—Es… un lago —Observó Leena cuando ambos llegaron a un pequeño rincón del bosque. En él se encontraba una pequeña masa de agua, no superior a los cinco metros de radio, más siendo una charca que un lago en sí mismo. Leena miró por las cristalinas aguas, pero no pudo ver nada en el fondo, ni siquiera un simple pececillo nadaba por esas aguas —. No… no lo entiendo. Aquí no hay nadie, ¿Por qué nos ha traído aquí el talismán?
—Es extraño… sí —Concedió XIX mientras bordeaba el lago con el talismán, sin duda alguna siempre parecía indicar que su destino se encontraba en el centro del mismo—. Parece que el centro de la charca es donde nos lleva ese talismán tuyo… ¿Seguro que funciona bien?
—Sí… lo probé con anterioridad, aunque nunca de la forma en la que lo hemos usado… quizás debamos darle un poco de sangre —Y una vez más se hizo una herida en el dedo de la que brotaban gotas de sangre. Al tocar el talismán este vibraba con más intensidad y estando como estaba la presencia de Leena, indetectable por medios sobrenaturales, el rastro que captó los guiaba hasta las aguas.
Tras observarlas un instante Leena se aproximó a ellas, eliminando su peso mediante su Ki caminó sobre la superficie del agua, como si la gravedad no tirase de ella, hasta encontrarse en el centro de las mismas. Había algo que no le gustaba… estar allí, en ese lugar, le provocaba dolor en el pecho, no un dolor físico. Si no uno espiritual.
Una gota de sangre cayó al agua y se disolvió en estas y entonces todo se llenó de luz, una que lo envolvió todo y los cegaba… cuando la radiancia termino todo a su alrededor había cambiado: La charca se había convertido en un enorme lago lleno de vida, en bosque tenia arboles tan altos que costaba ver sus copas, el césped había sido sustituido por extensiones de flores de todos los colores y frente a ellos se erigía un templo de piedra tan blanca como la sal.
Habían cruzado a través del Espejo, ambos lo sabían ahora. Se encontraban en la Vigilia, y allí, a las puertas del templo, rodeado de los cuerpos destrozados de decenas de elementales de Luz, había alguien: Un Duk’zarist de cabellera oscura y una armadura tan negra como las noches sin luna.
—Hola, hermana… Te estaba esperando.