Las calles de Arkangel seguían igual de siempre, llenas de gentes de todos los rincones no solo del imperio, sino de toda Gaïa. Había alegres decoraciones adornando la ciudad debido a las fechas en las que se encontraba… En unos días se celebraría la típica fiesta de año nuevo y además hacia poco que había pasado el solsticio de invierno, la festividad del espejo o la oscuridad perpetua… era irónico, pues Leena pretendía arrojar luz a las sombras de su pasado.
Pasados unos minutos acabó llegando a las puertas de un campanario y revisó la hoja donde tenía apuntada la dirección. No había duda, era aquí. Leena intentó abrir la puerta solo para encontrarse con que estaba cerrada. Frunció el ceño y se dispuso a forzar la cerradura de una forma tan sutil y rápida que, aunque había gente transitando por esa misma calle, nadie se percató de lo que estaba haciendo.
Sus pasos sobre los escalones de piedra eran imperceptibles, como las pisadas de un gato acechando a un desafortunado roedor. Al alcanzar la cúspide pudo ver las humildes campanas que allí había y, de espaldas a ella, a un hombre con una larga y fina coleta de cabello blanco cayendo por su espalda.
—XIX —Dijo Leena a media voz. El hombre al escucharla se dio la vuelta para mirarla unos instantes para acabar alargando la mano y tomar la exótica gran maza que reposaba apoyada en una de las columnas blancas de la estructura y colocarla en su hombro. XIX era joven, alto, atractivo y tenía una notable musculatura que se podía apreciar debido a la sencilla franelilla que portaba, el cuerpo propio de un guerrero entrenado. De su cuello colgaba una pequeña cruz de Abel de plata que llevaba por fuera.
—Alma… —Aquel nombre le traía recuerdos a Leena… aquella era la forma en la que se hacía llamar antes de tomar su nuevo nombre, uno de los tantos nombres falsos que había portado a lo largo de su vida —. ¿Te sigues llamando así?
—No, hace un tiempo que no… ahora me llaman Leena, suponía que estarías al tanto, teniendo en cuenta todo el servicio de inteligencia de la que disponéis… —Dijo ella, alzando una ceja.
—Antes de que sigamos hablando debo comprobar que de verdad eres tu… hay que respetar el protocolo —La interrumpió y espero a que la sombra demostrase el ser quien decía ser.
Leena suspiró y se encogió de hombros. Lentamente se bajó su capucha y miró a los ojos a XIX, enviando pequeñas cantidades de Ki a uno de sus propios ojos en un patrón determinado. No tardó en dibujarse en su orbe un símbolo, el emblema de la organización a la que pertenecían ambos: Wissenschaft. El varón frunció el ceño contemplando dicho símbolo y acabó asintiendo.
No hacía falta que él se identificara… Leena había sentido su Ki claramente y era inconfundible, sobre todo luego de haberlo visto y sentido tantísimas veces… ese fuego, ese calor que tanto contrastaba con el Ki de Leena… era sin duda XIX, El Sol.
Cuando ambos comprobaron la identidad del contrario sus expresiones se suavizaron y se acercaron para darse un abrazo. Fue casto, fruto de la amistad y el vínculo que ambos tenían, tan férreo como el acero mejor templado. Cuando ambos se separaron Leena tenía una sonrisa burlona.
—Jé… me voy unos meses y te me echas a perder… la última vez que te vi estabas más fuerte, Artorius —Pues ese era el nombre de aquel hombre, XIX era solo su nombre en clave.
—¿Y tú qué? ¿Desde cuando tienes un aspecto tan alegre y animado? La Alma que recuerdo era más tétrica, callada y siniestra.
—Eso es porque… Leena no es tan así… he intentado darle un enfoque distinto a esta nueva yo. En cualquier caso, ya sabes que contigo, en privado, no soy Alma, ni Leena…
—. . . Lo sé —Dijo y carraspeó. Artorius sabía que era de las poquísimas personas que conocía el verdadero nombre de Leena y que era símbolo de una total y absoluta confianza por parte de ella —. Me sorprendió el saber que volvías y que necesitabas mi ayuda… en la carta no había detalles, así que dime… ¿De qué se trata?
—Verás… un ser llamado Zahra me motivó a desentrañar mi pasado… y no solo eso, ocurrieron cosas que me generaron inquietudes con respecto a quien soy y lo que soy realmente… mi debilidad a la Luz, la naturaleza de mis poderes sombríos, mis poderes especiales y todo eso… debe tener un origen, y me propongo descubrirlo.
Las palabras de Leena estaban cargadas de determinación y sus ojos refulgían, estaba decidida a descubrir quién era, que fue de sus padres y la procedencia de lo que la caracterizaba. Artorius se quedó en silencio unos segundos antes de asentir, solemne.
—Sabes que siempre te ayudaré en lo que pueda, Alma… aunque ¿Por dónde empezar en todo esto? Siempre me dijiste que no tenías recuerdos de tus padres y no sabías nada de ellos.
—En verdad esperaba que alguien como tu tuviese acceso a los registros de Wissenschaft, eres uno de los mejores Cuervos que tienen… pero aparte de eso una amiga mía llamada Navra me dejó esto… —Leena extrajo de entre sus cosas un talismán rúnico de metal circular con una estrella pentagonal en el centro y algunas filigranas más —. En teoría es capaz de seguir el rastro de los seres si se le proporciona algo para localizarlos…
—Pero… ¿Tienes algo para usarlo como foco? —Preguntó él con curiosidad, mirando el artefacto metódicamente.
—Yo misma… mi sangre servirá a las mil maravillas para detectar a mis familiares.
—¿Tu sangre? Entonces esta cosa te detectaría a ti, ¿No crees? —Artorius alzó una ceja y miró a Leena, su plan tenía una laguna del tamaño del Mar Interior.
—Ah, pero tengo eso cubierto… sabes que si algo soy es bastante indetectable… Si este artefacto es incapaz de encontrarme a mi seguramente nos lleve a la persona más afín, a quien porta mi misma sangre en sus venas… mis padres o quizás algún hermano…
Artorius se quedó pensativo. Sin duda el plan de Leena podía funcionar, aunque pareciese que ese misterioso artefacto no estaba pensado para “trampearlo” de dicha forma sin duda era algo que merecía la pena intentar. Tampoco tenían mucho que perder si salía mal.
—De acuerdo… intentémoslo —Accedió finalmente el hombre mientras tomaba el talismán entre sus manos. Leena sacó una de sus dagas y se pinchó la punta de su dedo índice para verter una gota de su sangre sobre el artefacto. Este empezó a vibrar en dirección a Leena —. Siento… siento como si me atrajese hacia ti, sí…
—Eso es que funciona… ahora toca “desaparecer” … —Y tras esas palabras Leena hizo uso de todos sus poderes que la hacían prácticamente invisible a las detecciones sobrenaturales. El objeto dejó de vibrar hacia ella tan intensamente y en su lugar apuntaba a otro lugar… al noreste… las miradas de ambos se conectaron un instante antes de desviarla hacia el horizonte. La búsqueda había comenzado.