Sombras del Pasado

Cuarta parte

VERDAD COLOR DE SANGRE

Hermana. Había dicho hermana. Aquellas palabras resonaban con fuerza en su cabeza, sorprendiéndola, aturdiéndola. ¿Seria… Seria verdad? Leena dio un paso hacia delante y abrió la boca para hablar, pero se detuvo cuando XIX extendió el brazo a su lado, deteniendo su paso. Ella lo miró confusa.

—Ophiel Akerontes Zeros… —Gruñó el hombre, mirando con los ojos entrecerrados al duk’zarist que se encontraba ante ellos, el cual le devolvió la mirada, rezumaba confianza —. ¿Qué demonios significa esto?

—Esto es entre esa mujer y yo, humano, si valoras tu vida será mejor que no interfieras —Sentenció Ophiel con tono serio, los brazos cruzados. A XIX no le gustó aquella respuesta.

—Estás loco si crees que voy a dejar a Alma a solas contigo, bastardo… no después de saber que tú fuiste el responsable de todo lo que ocurrió con las armas zodiacales… ¡Así que ya puedes empezar a hablar si no quieres que…!

XIX fue interrumpido en mitad de la frase ya que una cuchilla de sombras se materializó a su lado con intenciones homicidas, teniendo que desenfundar su espada a la mitad para detener un golpe que podría haberle cortado en dos, siendo lanzado por la fuerza del impacto varios metros por el suelo. Leena seguía aturdida, pero al ver a su compañero siendo agredido le hizo recuperar el sentido y miró con hostilidad a Ophiel.

—Tú… no se te ocurra tocarle un pelo de la cabeza… —Siseó Leena mientras ella misma materializaba sus propias sombras, en forma de zarcillos alrededor de Ophiel. Estos apéndices intentaron apresarle como si de cuerdas se trataran, pero el propio Ophiel usó sus sombras para contener las de Leena.

—No volverá a pasar lo de la última vez —Dijo Ophiel mientras la oscuridad se empezaba a arremolinar. Sus palabras estaban cargadas de rencor —. Esta vez os enfrentáis a mí. Te arrancaré la oscuridad de tu alma con mis propias manos.

—¡¿Pero de qué demonios estás hablando?! —Bramó Leena mientras cerraba el puño con fuerza, gesto que se traducía en que sus sombras hiciesen más presión que, para asombro de Ophiel, descubrió que la fuerza de las de ella superaban a las suyas, que empezaban a ceder.

—No necesitas entenderlo, hermana, solo tienes que morir—Dijo él mientras canalizaba un escudo mágico de oscuridad que bloqueó las sombras de Leena, pero ambos sabían que aquello no las contendría demasiado, pues apenas estas apretaban contra él empezaba a resquebrajarse. Ophiel tuvo que saltar varios metros para salir de aquella zona de peligro mientras su oscuridad contenía unos instantes más a la de Leena. Ella maldijo por lo bajo, odiaba pelear contra magos.

Un disparo sonó tras ella y el proyectil alcanzó el hombro de Ophiel, habiendo roto en mil pedazos lo que quedaba de su ya debilitado escudo oscuro y perforando su armadura. El duk’zarist dio un traspiés y se llevó la mano al hombro, mirando con odio a XIX, que había disparado su lanza-rifle.

Leena pudo sentirlo, la magia que se arremolinaba en torno a Ophiel, estaba preparando un hechizo, y era poderoso… Aquello mataría a XIX si lo alcanzaba. No podía permitir eso, no después de haberlo involucrado en todo aquello.

—¡ALTO! ¡ESPERA! —Gritó Leena y ambos la miraron, expectantes, Ophiel seguía reuniendo magia a su alrededor —. ¿Me quieres a mí? Bien… entonces peleemos. Si ganas o me matas podrás tomar lo que quieras de mí, pero si yo gano… me contarás de que va todo esto. Tu y yo, un combate singular.

—Alma, ¿Te has vuelto loca? ¡No puedes luchar sola contra él! Yo… —Una mirada de Leena fue suficiente para acallar a XIX. Él era una de las personas que mejor la conocían de toda Gaïa y sabía que pasaba en su cabeza ahora mismo: “Esto es cosa mía, no te metas”. XIX maldijo por lo bajo y Ophiel parecía meditar la oferta.

—Está bien… acepto. Pero si incumples tu palabra aquel hombre morirá, y no quedará nada de él—Leena asintió, los ojos llenos de furia, indicándole a XIX que se hiciera a un lado, el cual obedeció a regañadientes —. Comencenos, a ver de lo que eres cap…

En una fracción de segundo Leena se esfumó de la vista y apareció a un lado de Ophiel, agazapada. Una gran mano de sombras se formó al instante y golpeó a Ophiel en el costado, el cual ni siquiera tuvo tiempo de formar otro escudo, siendo lanzado hacia el bosque, atravesando con su cuerpo un par de árboles. Leena no se detuvo ahí, aprovechó aquel momento para acumular a toda velocidad su Ki, formándose dos alas de oscuridad en su espalda. Un orbe negro apareció en sus manos que empezaba a devorar toda sombra y color del ambiente, quedando este en una escala de grises.

Entonces disparó.

Un torrente de oscuridad surgió de la esfera hacia la zona del bosque donde había lanzado a Ophiel, arrancando las plumas que formaban sus alas. Podía sentirlo, su Ki, estaba ahí, sabia donde apuntar… La oscuridad se proyectó como un rayo de energía imparable, que devoraba todo lo que tocaba y no dejaba rastro por allá donde pasaba, tierra y arboles por igual.

Cuál fue su sorpresa al descubrir que Ophiel caminaba por el rayo con tranquilidad, ajeno a él, con una sonrisa soberbia en el rostro. Leena lo comprendió… su técnica era de naturaleza oscura y ahora sabía que Ophiel, al igual que ella, era inmune al daño de Oscuridad. Quizás no mentía cuando decía ser su hermano…

—Si tan solo tu inteligencia fuese tan grande como tu poder… —Dijo con prepotencia, Ophiel ya había acumulado suficiente poder para lanzar su hechizo, el cual proyectó hacia Leena.

Media docena de espinas oscuras aparecieron el torno a ella, clavándose en su piel y su alma, desgarrándola, provocándole un terrible dolor. Un dolor que ni siquiera su Némesis podía anular… Ophiel se precipitó hacia ella enarbolando una espada larga de oscuridad que había surgido de su propia sombra. Leena gimió de dolor, lastimosa, era demasiado intenso, pero logró deshilachar las fibras mágicas que mantenían ese hechizo con su Ki instantes antes de que Ophiel la alcanzara, rodando a un lado para esquivar su estocada.

Ophiel no detuvo sus acometidas, atacando con notable habilidad a Leena, la cual esquivaba como podía mientras se recuperaba del dolor. Finalmente, tras una esquiva fortuita pudo ponerse en pie con una acrobacia y responder a aquel asalto, tomando una daga de sus sombras y golpeando a Ophiel, aunque aquello también fue detenido por un nuevo escudo oscuro.

Parecía que habían llegado a un punto muerto. XIX observaba la pelea desde lejos, temblándole las manos, pues una parte de él deseaba disparar con sus armas hacia Ophiel y acabar con aquello de una vez por todas.

—Me he cansado de juegos… —Dijeron tanto Leena como Ophiel, al unísono, sus voces sonaron diferentes, pero similares al mismo tiempo… profundas, como si provinieran del mismo Abismo. De los ojos de Leena empezaron a brotar lágrimas negras como la noche.

Una vez más Leena se esfumó y Ophiel reaccionó girando y poniéndose en guardia, esperando un ataque por la espalda, sin embargo, lo que recibió fue un flechazo desde arriba, pues Leena había usado Infinium para aparecer varios metros sobre su cabeza, ofuscando su Ki para que no la localizara.

La flecha oscura se clavó profunda en su cuerpo, imbuida en Némesis, el cual empezó a congelar y agarrotar sus músculos. Ophiel reaccionó atacando con una cuchilla de sombras, pero para cuando llegó a Leena esta se había vuelto a esfumar. Ophiel empezaba a preocuparse, por mucho que miraba alrededor no la encontraba por ningún lado… y un corte profundo apareció en su costado, y luego otro, y luego otro.

No tardó mucho en comprender que está pasando, así que tomó control de la oscuridad que le rodeaba y la extendió varios metros a su alrededor, haciendo surgir de ella decenas de púas que abarcaban todo el terreno, una sola de ellas podría haber empalado a un hombre de forma grotesca, matándolo al instante. Leena, invisible, pudo esquivarlas sin muchos problemas, estaba segura de que Ophiel no podía verla, y que ampliara sus ataques a tanto terreno los entorpecía. ¿Pero que alternativas tenia Ophiel en esa situación?

Dos cortes más, gemelo y antebrazo empezaban a sangrar y a congelarse. Ophiel maldecía, cada vez iba a peor, sus movimientos eran más lentos y se sentía más débil. Sus ojos se posaron en los de XIX y este se enderezó, parecía que Ophiel no estaba dispuesto a perder, sin embargo…

Leena apareció frente a él y antes de que pudiese responder una gran mano de oscuridad le agarró la cabeza y otra aún más grande el resto del cuerpo, alzándolo, tensando el cuerpo del duk’zarist hasta el punto de que un poco de presión más quebraría sus huesos. Sus ojos se encontraron.

—Eres fuerte… posiblemente más fuerte que yo, Ophiel… pero no puedes ganarme en un uno contra uno — Y aquellas palabras no estaban cargadas de soberbia. Eran calmadas, tranquilas, como el caer de aquellas lagrimas oscuras… simplemente eran verdad. Pues Leena era la horma de su zapato al ser, al igual que él, inmune al daño de oscuridad que tan presente estaba en los hechizos de Ophiel, y tan mortífera en los enfrentamientos singulares, los cuales eran su especializad.

—Esto no significa nada… tu parte humana… te hace débil, indigna—Gruñó el elfo, sintiéndose como una ramita en manos de un gigante, estaba seguro de que su pierna se había partido, pero todo le dolía tanto que no podía saberlo con certeza.

—Puedes hablar y vivir o llevarte tus secretos a la tumba… a mí me da igual, Ophiel, tengo otros medios para descubrir la verdad. Así que dime… ¿Qué soy? ¿Qué somos…? —Aquello último casi parecía un ruego por parte de Leena. Su agarre se aflojó para que el duk’zarist pudiese hablar bien.

—Los hijos de Phandemonium. Sus Legados de Sangre puros, eso… eso es lo que somos —Reconoció Ophiel tras unos instantes ante el asombro de Leena. Ella sabía que tenía un legado de sangre, sí… pero uno de tantos, pues eso solo significaba que alguno de sus antepasados había tenido algún tipo de relación con el Aeon de la Oscuridad… si aquello era verdad y era descendiente directa de aquel ser… explicaría muchas cosas.

—P-pero… ¿Cómo es eso posible? —Preguntó Leena, mezcla de curiosidad y temor por escuchar la respuesta.

—Mi madre, Adelisia, y la tuya… ambas eran grandes invocadoras. Atrajeron la atención de Phandemonium y nosotros somos el resultado de su unión… —Había dolor en sus palabras, recordar a su madre despertaba recuerdos amargos —. La inquisición acabó con ambas, tu y yo compartimos el mismo destino, pero seguimos siendo dos mitades de un todo.

Leena soltó a Ophiel, el cual cayó al suelo, quejándose de sus heridas, entonces ella llevó su mirada al templo que había en aquel lugar, manchado con la sangre de aquellos elementales de luz.

—¿Qué es este lugar…? —Preguntó a media voz.

Y entonces el cielo se iluminó, como si un manto divino lo cubriese todo, bañando en luz todo lo que había debajo. Leena y Ophiel se quejaron, doloridos, como si hubiesen acercado demasiado la mano a una hoguera.

—Ya están aquí… —Dijo Ophiel mientras del cielo descendían varias Doncellas de Luz (o Elhayms), poderosas elementales de luz con forma de hermosas mujeres aladas enarbolando alabardas. Habían acudido en defensa de aquel lugar, tras ellas, un ser metálico de aspecto angelical rodeado de espadas hacia acto de presencia. Todos palidecieron, pues se podía sentir en el aire… aquella cosa era muy, muy poderosa —¡Su legado no puede morir con nosotros! ¡Pon tus manos en la puerta!

Y tras ordenar el mismo Ophiel se arrastró hacia el templo y puso una mano en el mármol pulido mientras con la otra mano contenía la hemorragia de su costado. La blanca piedra quedó manchada de sangre, pero Leena pudo ver como canalizaba oscuridad hacia la estructura. Instintivamente hizo lo mismo.

Las Elhayms cayeron en picado hacia ellos con sus filos de luz en ristre, en forma de alabardas que irradiaban poder. Su caída fue interrumpida con una gran explosión. XIX había tomado su gran maza-cañón y disparado contra ellas, creando una bola de fuego abrasador que las detuvo en seco, derribando a dos de ellas.

Para cuando la humareda de disipó la puerta ya había sido abierta. En su interior había un gran agujero en la tierra de la cual brotaba una oscuridad tan intensa en forma de remolino que desintegraba todo lo que se acercaba demasiado.

—Ve, hermana… ahí está la verdad que buscas.

Leena miró atrás, pudo ver a XIX peleando contra aquellas Elhayms. Era fuerte, hábil, pero sencillamente lo superaban en número, y aquel ser de lejos ni siquiera se había unido a la batalla… Una parte de ella deseaba unirse a Artorius y luchar juntos, morir juntos. No podía abandonar a su compañero… pero, al igual que ella hizo antes, una mirada de él fue suficiente para saber que estaba pensando: “Ve, consuma tu destino, nosotros las contendremos”.

De los ojos de Leena brotaron lágrimas. No eran negras, fruto de sus poderes oscuros… eran lágrimas de verdad. Dejó caer su capa y bolsa en la entrada del templo y encaró el torbellino de oscuridad, avanzando hacia él, a lo desconocido.

Ophiel se puso en píe a duras penas. Leena había retirado el Némesis que lo congelaba así que se sentía mejor. Cargando Zeon disparó una oleada de oscuridad que alcanzó a una Elhaym que iba a ensartar a XIX por la espalda. Su poder fue tal que solo motas de luz quedaron de ella. Echó la vista atrás, hacia su hermana. Su cuerpo se adentró en el torbellino, el cual destruía sin piedad todo lo que llevaba encima, pero acariciaba inofensivamente su piel. Solo un Legado de Sangre puro como ellos podían atravesar aquella oscuridad y reclamarla como propia.

Leena puso un pie en aquel abismo… y cayó.