Había cruzado a través del espejo, pero aún no había señales de vida en aquel otro lugar. Decidí abandonar aquella estancia, el reflejo de los aposentos de Xarabas, pasados unos minutos, decidida a investigar la fortaleza hasta dar con él. Afortunadamente, aquello no fue muy complicado; haciendo uso de mi percepción del Ki pude sentir la que posiblemente fuese la presencia más poderosa que percibí en toda mi vida unas decenas de metros en una dirección. Haciendo memoria y usando el mapa mental que me había ido formando en mi infiltración, determiné que aquello estaría en la sala del trono. No me equivocaba.
Mi travesía por aquel lugar fue ardua y dificultosa. Xarabas había protegido aquel lugar a conciencia. Por el camino me encontré un sinfín de trampas, protecciones y sistemas de seguridad que entorpecían cada uno de mis pasos. Sin embargo, si algo sabía hacer además de combatir era infiltrarme en lugares fuertemente protegidos y eventualmente pude abrirme paso.
Así pues, al pasar a través de uno de los portones hasta el salón del trono, un ser hecho completamente de sangre con apariencia humanoide parecía estar esperándome. El factor sorpresa se echó a perder ya que no podía atravesar los muros de aquella fortaleza en la Vigilia. El avatar de Xarabas parecía custodiar algo tras él: Una enorme crisálida roja en la parte posterior a la sala, donde debería estar el trono. En su interior había un sarcófago.
Ambos, él y yo, nos seguimos con la mirada mientras yo avanzaba hasta el centro de la sala, arma en mano. Nos estábamos analizando mutuamente, determinar el grado de amenaza que representaba el uno para el otro y, para desgracia de Xarabas, yo salía ganando en aquella comparativa.
Él inmediatamente subió su guardia, empezando a formar algo en sus manos desde la propia sangre que componía su cuerpo, pero poco importó. Utilizando Infinium pude dar un pequeño salto espacial para aparecer justo a sus espaldas, hundiendo mi espada en su cuerpo totalmente imbuida en mi Ki y en mi Némesis. Aquello fue todo lo que necesité para acabar con aquel avatar. Su forma de sangre de aspecto sólido perdió sus propiedades, como si fuese un globo que lo acababan de estallar, cayendo los litros y litros de sangre que componían su cuerpo al suelo, manchándome en el proceso. Que molesto fue.
Pero al menos, con eso hecho, solo quedaba lidiar con lo que residía dentro de esa crisálida de sangre. Podía sentir algo de energía dentro, tenue, muy tenue. Seguramente aquella estructura rojiza protegía de detecciones y ataques sobrenaturales a aquel sarcófago… pero un poder tan grande no podía ser ocultado tan fácilmente, menos a tan poca distancia. Ahí dentro residía el auténtico Xarabas, no tenía duda alguna.
De todas formas, aún quedaba un rato para que amaneciera realmente. Según la previsión de Flora, pasadas dos horas desde mi salida el sol debía salir por el horizonte y ya habían pasado casi en su totalidad. Solo debía esperar unos minutos, destruir esa crisálida y acabar con un debilitado Dios de la Oscuridad.
Al menos ese era el plan. Lamentablemente las cosas rara vez salen como se planean.
Mientras revisaba las cristaleras de aquella sala, vigilando el cielo y esperando la salida del sol, pude escuchar como la crisálida de sangre empezaba a reaccionar, a resquebrajarse. Naturalmente, me giré para ver qué pasaba, solo para observar impotente como esta estallaba en mil pedazos, proyectando miles de fragmentos de sangre cristalizada en todas direcciones. Apenas tuve tiempo a cubrirme y a evadir aquel ataque me pilló con la guardia baja.
Cuando quise darme cuenta, tenía varios fragmentos grandes atravesándome el brazo izquierdo, como lanzas clavadas en mi cuerpo. Mi Némesis evitaba el dolor y el sangrado, pero tendría que sacármelas antes de poder curarme con Ki. Maldije para mis adentros. Encima, por si fuese poco, el sarcófago se empezó a abrir, emergiendo de él una figura familiar. Era parecido al avatar de sangre que maté minutos antes, solo que de carne y hueso y como cincuenta años más viejo.
Aquel hombre, Xarabas sin ninguna duda, se puso en pie. En el interior de su lugar de descanso había aún más sangre que ahora caía por su cuerpo elegantemente vestido. El líquido carmesí no parecía mojar sus ropajes en absoluto y, haciendo un simple gesto con la mano, los fragmentos que atravesaban mi brazo estallaron también, destruyendo mi extremidad en un instante.
Al parecer estaba sorprendido de que alguien hubiese podido llegar hasta allí e, incluso, derrotar a su avatar. Sin embargo, su actitud era confiada y parecía tener el control de la situación en todo momento. No en vano, había dejado a su asesina sin un brazo antes de incluso empezar el combate. Yo, por mi parte, no estuve muy habladora, gajes del oficio. Ambos invocamos nuestras respectivas armas, yo a Nocheterna en forma de espada corta, y él desenfundó una hermosa espada negra y roja cuyo filo podía segmentarse y formar un látigo. Parecía que Xarabas sabía emplear Escorpio.
Y el combate empezó. Hacía mucho tiempo que no me había sentido dominada en una batalla, pero era obvio que Xarabas llevó la voz cantante en los primeros compases de la pelea. Su habilidad marcial, sus hechizos y el cómo alteraba la realidad a su favor hacían que tuviese que estar prácticamente a la defensiva todo el tiempo, luchando por mi supervivencia. Un paso en falso y su espada-látigo encontraría mi cuello y todo habría acabado.
Estaba claro que, si seguía así, el combate no duraría mucho, y no yo como vencedora. El sol no había acabado de llegar tampoco, a pesar de mis intentos de hacer tiempo. ¿Me había engañado acaso Flora y el amanecer nunca llegaría? ¿Quizás aquel combate tan intenso distorsionaba mi percepción del tiempo? Poco importaba realmente a esas alturas, tenía que sobrevivir, presentar batalla. Fue entonces que, tras esquivar un hechizo de Xarabas y crear distancia entre ambos, tuve los instantes necesarios para transformarme, liberando la oscuridad en mi interior y adoptando la que yo misma llamaba mi “Forma de Heredera”. Una nube de oscuridad me rodeó y mi cuerpo creció, tanto de altura como de voluptuosidad. El pelo largo y lacio que casi tocaba el suelo, la piel pálida, dos alas de energía negra a mis espaldas y un constante flujo de lágrimas negras por mis ojos. En esa forma mi ropa siempre desaparecía, formándose una nueva de la propia oscuridad que emitía la transformación.
Ahora sí, estaba lista para combatir contra Xarabas, hacerle tragar sus palabras de desprecio ante mi falta mi poder.
Y parecía que el combate se igualaba tras mi transformación. Si bien Xarabas parecía mantener una constante, aunque leve superioridad, ahora podía forzarle a defenderse, a retroceder. Un intercambio de golpes y poderes que hacía temblar los cimientos de la fortaleza. De hecho, no tardamos demasiado en destruir por completo la sala del trono. Los pilares rotos, las paredes reventadas… el techo no tardó en venirse abajo y en derrumbarse todo, siguiéndose el combate tanto en el aire como sobre las ruinas.
Era sorprendente como él podía desenvolverse con tanta soltura a pesar de tanto mis acometidas con Nocheterna como de los intentos de golpes, dentelladas y apresamientos de mis sombras. Ambos estábamos dejándonos la piel en aquel baile mortal, donde un traspiés era fatal. En cualquier otra circunstancia habría guardado respeto y admiración por aquel ser.
Tras unos momentos de combate más, ambos nos detuvimos para mirar al Este, cada uno con una expresión distinta en el rostro. Yo miraba con una media sonrisa como el Sol finalmente empezaba a asomar sus rayos por el horizonte mientras que Xarabas apretaba los dientes de rabia. Ambos sabíamos lo que eso significaba, y mi oponente no iba a quedarse a esperar como el astro rey le daba la vuelta al tablero de aquel combate.
Fue entonces que Xarabas se despidió de mí, alegando que el juego había acabado, empezando a cargar un poderoso hechizo de oscuridad. Podía sentir como el llamado dios empleaba gran parte de sus energías en aquel ataque, buscando dar carpetazo al combate y asegurarse la victoria rápidamente para no correr riesgos a que el Sol acabase de salir.
Pero, como dije antes, las cosas nunca salen como se planean.
Xarabas desató su hechizo, en forma de enorme bola negra en cuyo centro se encontraba una especie de vórtice. El ataque era tan masivo y rápido que hasta yo concluí que no podría evitarlo a tiempo, menos aun sintiendo las distorsiones espaciales que los poderes divinos de Xarabas ejercía sobre mi todo el tiempo. Sin embargo, y para desgracia del dios, ni siquiera pretendía evitarlo. En su lugar, cargué directamente hacia él, yendo totalmente a la ofensiva. Cuando el gran orbe oscuro impactó contra mí, una enorme explosión se desató, tan poderosa que hasta pude sentir como el propio espacio donde nos encontrábamos luchaba por no quebrarse. Algo así habría borrado de la existencia a cualquiera, pero lamentablemente la Oscuridad no puede dañar a una hija de Phandemonium.
Atravesé la explosión de oscuridad totalmente ilesa para sorpresa y horror de Xarabas, buscando su cuello con mi espada en un ataque de todo o nada y, aun así, el dios consiguió evitar mi ataque por unos centímetros, colocándose a mi izquierda con el movimiento. Fue entonces que decidí usar la carta que me había estado reservando durante todo el combate: Hice que mi Némesis restaurara mi brazo perdido, creando uno de energía en un instante, empuñando, además, una daga de sombras con la que, finalmente, pude propinar un golpe decisivo sobre mi oponente sorprendido.
Cualquiera me podría criticar por haber estado luchando un combate tan difícil con un brazo menos cuando podía haber generado uno de energía en cualquier momento… pero, desde mi punto de vista, combates así donde se está ya en una inferioridad clara, se necesitan estratagemas para poder sobrepasar esas circunstancias. Había apostado durante el combate en una oportunidad así, para sorprender a mi adversario y darle un golpe lo suficientemente importante como para equilibrar la balanza, y me había salido bien. Parece que los planes si funcionan algunas veces, je.
Naturalmente, Xarabas se retiró tras el ataque, usando su magia para curar parcialmente la herida de su cuello. Había sido una pena no haber podido decapitarle totalmente, pero mejor eso que nada. Ahora yo tenía ambos brazos y él estaba bien herido, sumando al hecho de que el Sol había salido finalmente durante aquellos compases. Cada momento en el que la luz nos bañaba, podía sentir sus poderes menguar. Era el momento de usar aquello.
Me concentré, aprovechando ese tiempo que Xarabas lidiaba con su herida para liberar mi energía interior. Había hecho bien en aprender este poder, El Despertar, durante mis años de paz en Albain, pero era la primera vez que lo utilizaba en combinación con mi transformación. Esta liberación hacia que mi propia energía vital potenciase mis capacidades como la fuerza, la velocidad y el poder… básicamente multiplicaba mi nivel de combate. A más poder anímico se poseía, mayor era la potenciación de El Despertar, y eso era algo de lo que derrochaba. Durante dicho estado, multitud de símbolos que pareciesen tatuajes negros aparecían en mi cuerpo, de los cuales una especie de “luz oscura” era emitida. También, la esclerótica de mis ojos se tornaba negra, aunque ya era algo que tenía mi Forma Heredera de por sí.
Ahora era mi momento de acabar yo el combate. El Despertar no duraba eternamente y, junto con mi transformación, mis energías empezaban a caer en picado rápidamente. Si aquello se me alargaba tendría que seguir combatiendo con mis reservas vacías y sin ninguna ventaja. Así pues, me lancé contra él, desatando un aluvión de ataques combinados de mi espada y mis sombras. Hasta yo me sorprendí de la velocidad y potencia de mis golpes con ambos estados combinados. Se sentía hasta aterrador. Xarabas intentaba evitar recibir impactos directos como buenamente podía, privado aparentemente de su capacidad de alterar el espacio y la realidad a su beneficio y herido, parecía que le estaba poniendo contra las cuerdas. Nuestro combate estaba acabando de derruir lo que quedaba de la fortaleza; La energía liberada por los golpes, las proyecciones, los hechizos evitados y demás hicieron que antes de que nos diésemos cuenta estábamos luchando en los escombros de los que antaño fue un magnífico castillo.
Al final, y tras unos minutos de intenso combate, pude apresar al Dios de la Oscuridad con mis sombras, por muy irónico que pareciese. Cuatro zarcillos envolvieron sus extremidades, mordiendo con los extremos sus muslos y hombros para afianzarse firmemente en él. El frio sobrenatural que liberaban mis ataques imbuidos de Némesis hicieron su trabajo y, finalmente, pude someter a mi enemigo. Pudimos intercambiar unas palabras, breves, mientras deshacía mi espada y la ordenaba tomar la forma de un guantelete con las uñas afiladas en mi diestra. El final de Xarabas se acercaba e intentaba salvarse con promesas de alianzas, poder y demás, clamando que juntos podían derrotar a los demás Dioses y hacerse con el control de Deloran.
Unas ofertas interesantes y, sin duda, con su ayuda se podría llegar a lograr algo así. Conquistar Deloran, convertirnos él y yo en sus gobernantes absolutos… Pero, una vez más, algo fallaba en esa negociación, y se lo hice saber mientras clavaba las manos en su pecho, envueltas en metal sombrío y acabadas en garras, arrancándole el corazón de forma visceral al Dios de la Oscuridad.
Yo, lamentablemente, carezco de ambición. Y promesas de dominio y poder significan nada para mí.
Mientras el cuerpo inerte de Xarabas caía ante mí, me paré a observar el corazón que empezaba a dejar de latir en mi mano. Rezumaba oscuridad por todas partes, podía verlo, sentirlo. Un ser que controlaba tanto las tinieblas como la sangre con tal maestría almacenaba en este órgano aquellas sombras que lo habían ascendido a la categoría de deidad. Elevé el brazo al cielo, sobre mi cuerpo y, cerrando el puño con toda mi fuerza, el corazón estalló, bañándome con su sangre y su oscuridad, absorbiéndola con la ayuda de Nocheterna.