La Llamada del Abismo

Océano Calisis | Deloran

No estoy muy convencida de escribir estas palabras y que, por lo tanto, no queden únicamente en mi cabeza… pero Cidira ha insistido en que es importante que exponga mis experiencias, recuerdos y vivencias de lo ocurrido por motivos que no alcanzo a comprender. Pero bueno, bien sé que cuando a ella se le mete algo entre ceja y ceja es imposible disuadirla, y no quiero tenerla de morros un mes entero por no hacerle caso, así que… allá voy.

Habían pasado ya unas semanas desde que empezó aquello. No le dí importancia los primeros días, asumiendo que no era nada relevante, fruto de mi imaginación o algo por el estilo. Sin embargo, ya no podía seguir ignorándolo. Día a día aquello se incrementaba, persistiendo, metiéndosele en mi cabeza de forma intermitente a lo largo del día. Me iba a volver loca si seguía así.

Y es que aquello no era otra cosa que unos latidos. Latidos lejanos que resonaban en mi cabeza y en mi propia alma. Era como si fuese una hoja sobre la superficie del agua, flotando, y unas ondas perturbaban la calma del lago. Pero lo más curioso de todo era que, a diferencia de lo que alguien cabría esperar, aquello no se sentía como si hubiese algo que emitiese dichas ondas, dichos latidos… más bien todo lo contrario. Aquella sensación era atrayente, como si en vez de proyectarlas, las convocara, convergiendo estas en un único punto, invisible y distante.

Finalmente decidí no dejar pasar más el tiempo. No sabía qué demonios era aquella sensación, pero… conocía a la persona ideal que podía arrojar algo de luz al asunto: Mi fiel amiga, Cidira.

Hice uso de los servicios de Miryssierth como medio de transporte para acudir al hogar de la hechicera con el objetivo de sincerarme con ella, de contarle lo que había ido sintiendo esas semanas, de describir con detalle aquello que le pasaba y, si era menester, disculparme por la demora en compartir aquello con ambas dos.

Unos cuantos días pasaron tras aquello. Tiempo que la bruja aprovechó para mi condición física sin mucho éxito. Estaba sana, mi cuerpo no tenía problema alguno, manteniéndose en óptimas condiciones. Entonces, la incógnita permanecía. ¿Qué me ocurría?

Cidira fue descartando todas las opciones que se le ocurrían. Me tomaba muestras, una tras otra, las examinaba durante largas horas, desechándolas y tomando nuevas. Nada. No había éxito en su empresa. De no ser por mis palabras que afirmaban lo contrario, no habría nada que indicase que algo andaba mal.

No fue hasta que todas las opciones restantes fueron descartadas que Cidira empezó a optar por investigar fuentes externas y, casualmente, cuando le tocó el turno para ser examinada a mi propia espada heredada, Nocheterna, todas pudimos ver como esta vibraba ligeramente de vez en cuando, coincidiendo esas reacciones con el sentimiento de “latidos” que yo percibía en la distancia.

Al fin, un progreso sustancial. Así pues, y a pesar del rechazo inicial de tratar dicho objeto, Cidira intentó aislarla de dicho instrumento, a pesar mis quejas de separarme del arma, no me sentía cómoda sabiendo que la alejaban de mí. Pero, para sorpresa de la bruja, no surgió efecto. El vínculo que nos unia era demasiado fuerte, demasiado íntimo. Anímicamente estabamos unidas de forma inquebrantable y daba igual la distancia física que se pusiese entre ambas.

Pocas opciones quedaban ya. Pude notar como la bruja maldecía para sus adentros, sintiéndose impotente por no lograr averiguar con certeza que ocurría. Incapaz de desentrañar el misterio, recordando a su progenitora, más experta, con conocimientos más amplios y no solo enfocados en individuos y no en objetos. Una pena no poder contar con ella en esos momentos.

Pero, siempre quedaba la idea más simple y clara, la más obvia: Seguir esos latidos. Acudir al llamamiento aún a pesar de que pudiese ser una trampa. Descubrir de primera mano a que se debían y, de ser necesario, ponerles fin.

Los siguientes dos días fueron dedicados casi exclusivamente a la preparación para el viaje. Ciertamente ninguna sabia como de lejos estaba aquel lugar, por lo que lo mejor era ir bien pertrechadas. No debían faltar los suministros, las pociones, los ungüentos y todo lo demás.

En circunstancias normales habría decidido ir sola, encargarme del asunto por mi cuenta, sin poner en ningún tipo de riesgo a Cidira pero, naturalmente, la bruja no pensaba perderse aquello. Ya no por su curiosidad arcana, sino por asegurarse de que estuviese bien, aun siendo acompañada por la dragona, la cual si podía defenderse adecuadamente. Al menos tenía ese consuelo: Si las cosas se complicaban, siempre podía pedirle a Miry que protegiese a Cidira.

Ya con todo dispuesto, nos subimos al lomo de la dragona en su forma original. Era la mejor forma de desplazarse, al fin y al cabo. Tocaba despedirse de la cabaña y surcar los cielos, teniendo una servidora que dar indicaciones cada cierto tiempo a Miryssierth por si se desviaba del rumbo que le marcaba.

Y es que esas señales nos guiaron muy, muy lejos. Cruzaron aldeas, campos, bosques y montañas. Reinos enteros dejaron atrás en nuestra travesía, teniendo que descansar cada cierto tiempo para que la dragona pudiese reposar y todas pudiésemos dormir o comer algo. Pero aquello no parecía tener fin. Hasta alcanzamos las costas del mar, y este dio lugar al océano. ¿Hasta dónde continuaría aquello? Íbamos a llegar a los confines del mundo a ese paso, y el viaje ya se había alargado tantos días que si seguíamos así tendríamos que empezar a contarlos por semanas.

Durante el surcar de los mares, Miry tenía que amerizar en el agua con la misma frecuencia con la que, allá en el continente aterrizaba sobre tierra. Al menos la dragona era lo suficientemente grande como para que Cidira y yo pudiésemos dormir sobre su lomo y la fauna marina no nos molestase. Aunque si eso se alargaba mucho tendríamos que volver antes de que el agua se les acabase.

Y, por fin, un día se nos encontramos con algo más que mar y cielo. Al principio pareciera que se trataba de una isla o, tal vez, las costas de un continente. Era difícil de determinar pero, lo que si estaba claro, es que no era normal ya que a medida que nos acercábamos nuestro entorno empezaba a cambiar paulatinamente, oscureciéndose todo alrededor de nosotras cuanto más metros nos aproximábamos a aquella tierra desconocida.

Naturalmente, las tres estuvimos de acuerdo en retroceder para valorar la situación, pero, a falta de una mejor idea y ante las amplias negativas de la bruja y la dragona de dejar que fuese sola, al final decidimos sencillamente ver que les deparaba el destino y adentrarse sin miramientos.

 

Al principio todo parecía ir bien. Avanzamos sin problemas hasta tener cada vez más cerca las costas de aquel lugar y, como había pasado antes, todo empezó a oscurecerse a nuestro alrededor. Nada parecía hacernos daño, ni se sentía peligro real alguno… sin embargo, antes de que pudiésemos llegar a tierra el oscurecimiento fue tal que prácticamente todo era negro en torno a nosotras. Solo gracias al contacto directo que sentíamos las tres al estar juntas nos hacía conscientes de que no estábamos solas. Pero lo más extraño de todo era que, aun yendo a ciegas, la dragona había calculado cuanto más tenía que avanzar para acabar en tierra por lo que había podido ver cuando no había tanta oscuridad.

El problema fue que, por mucho que lo intentaban, la dragona nunca llegó a sentir como sus patas tocaban tierra firme y, quizás incluso más escalofriante, por mucho que descendiese, tampoco alcanzaba a sentir el agua del mar. Era como si solo existiese aquello que veíamos: Oscuridad, eterna y sin fin, estando las tres en medio de esa nada, flotando. Ni siquiera cuando la dragona dejó de aletear como tal sentían como si cayesemos, suspendidas en ese espacio.

Discutimos largo y tendido sobre que poder hacer a continuación, siendo yo la única que, gracias a mi visión especial, podía ver al resto de ellas. Cidira teorizaba que quizás podía tratarse de algún tipo de trampa o prisión mágica y que habían caído de lleno en ella, pero yo no estaba tan segura. No había rastro alguno de magia que pudiese percibir y los “latidos” persistían. Si aquello hubiese sido una trampa para atraparnos no habría motivos para mantener dicho reclamo.

Fue cuando pasaron largos minutos que quizás fueron horas perdidas en la inmensidad de esa oscuridad que unas palabras vinieron a mi mente. Fueron las palabras de Ashalle, aquella elfa que meses atrás había podido examinar a Nocheterna, las que resonaron en mi cabeza. Según la experta en artefactos, la espada tenía muchas propiedades, más una de ellas era la que quizás pudiesen sacarnos de ese entuerto.

Así pues, invoqué mi hoja, materializándose en mi diestra en forma de espada larga que empuñé con ambas manos. Estando en pie avancé por el lomo de mi querida compañera hasta llegar a su cabeza, entre sus cuernos. Debía abrir un camino para ellas, que pudiésemos escapar de esa prisión antes de que el abismo nos consumiese. Con esos pensamientos y esa determinación llenando mi espíritu, cargué mi arma con mi propia aura, me concentré y puse toda mi habilidad, fuerza y tinieblas en soltar un único tajo, diagonal, hacia la nada, hacia la oscuridad misma.

Y fue entonces que la oscuridad misma se quebró. Del tajo dado una brecha se había formado y a través de ella se podía ver la tierra que habían podido apreciar horas antes. Sin embargo, el propio ambiente intentaba cerrar la abertura, teniendo que instarle a Miryssierth a que usase su propia fuerza y poder para impedirlo.

La dragona no tardó en actuar, usando sus poderosas garras y su colosal fuerza para agarrar la abertura e intentar desgarrarla más, como quien intenta destrozar una prenda que ha sufrido un corte. Y resultó que la dragona ganaba terreno, abriendo más y más la brecha a pesar de resultar un esfuerzo titánico, teniendo que apoyarla intentando controlar aquella oscuridad para impedir que cerrase el camino.

Finalmente, este fue lo suficientemente grande como para que dragona y acompañantes pudiesen pasar, adentrándonos todas por la brecha, hacia lo desconocido, un lugar que realmente no estaba mucho más iluminado que la prisión que acaban de abandonar pero que al menos recibíamos la tenue luz de la luna en el firmamento. Curioso era, ya que antes de entrar allí había sido de día y no había pasado teóricamente suficiente tiempo como para que cayese una noche tan profunda.

Pero aquello eran detalles. Una vez a salvo las tres pudimos hablar más tranquilas, descansar y compartir nuestros pensamientos. Cidira se interesó por saber que había ocurrido, y como yo había podido abrir dicha grieta. Sonreí, explicándole sin reservas lo que sabía: Mi espada, Nocheterna, tenía una cualidad muy particular. Era una espada capaz de cortar prácticamente cualquier cosa, incluso la Oscuridad misma. Ni siquiera los seres naturalmente inmunes al daño producido por dicho elemento escapaban al poder de dicha arma. Fue por ello que la Oscuridad imbuida en mi espada pudo dañar la que conformaba aquella barrera, barrera que ahora se erigía detrás de nosotras como un muro de tinieblas insondable.

Pero pronto tuvimos que reanudar la marcha. Averiguar dónde nos encontrábamos, que era ese lugar y por qué Nocheterna recibía el reclamo de aquel sitio. Los latidos seguían presentes, al parecer, y aunque ahora se sentían más ominosos e incluso bruja y dragona podían sentir algo extraño.

Era como si la tierra misma estuviese viva. La sensación de que algo importante acontecería pronto. Los latidos de la Oscuridad primigenia que desde tiempos inmemoriales residía allí.