La llegada y estancia en Thorn pasó sin pena ni gloria. La ciudad tenía decenas de miles de habitantes y no tenía nada que ver con las aldeas y pueblos que habíamos ido viendo por nuestra travesía en Deloran. La ciudad tenía mucha diversidad racial, prácticamente había de todo rondando por sus calles, aunque los humanos de diversas etnias seguían siendo la gran mayoría. Gracias a la densidad poblacional pudimos pasar desapercibidas y establecer una suerte de base de operaciones en una casucha que adquirimos a cambio de un poco de dinero. El oro tenía su valor incluso allí, al parecer.
Ahora que estábamos más o menos asentadas tocaba decidir qué hacer. La ciudad era grande y seguramente estaba llenas de muchísimas historias que contar y vivir, sin embargo, no estábamos de turismo. Lo primordial era recopilar información, asegurar el siguiente paso y ejecutarlo. Quizás alguien en un lugar tan grande supiese que eran esos misteriosos latidos que sentía. Esa era nuestra mejor baza en vez de simplemente ir al origen sin saber que nos depararía.
Pasaríamos los siguientes días investigando, averiguando lo que pudiésemos, y la verdad es que nos enteramos de información la mar de jugosa. Al parecer la Guardia de Sangre había estado buscando a personas expertas en temas ocultistas y llevándoselas con ellos a Charlein, la fortaleza del Dios de la Oscuridad Xarabas. Pude llegar a espiar una de esas ocasiones, y aquello levantó mis sospechas ya que, durante la breve entrevista que hacían a los eruditos de lo místico, una de las preguntas disimuladas entre el resto era si tenían constancia sobre información referente a “extraños pulsos o latidos en la lejanía”.
Y entonces llegó la discusión. Como era de esperar, Cidira quería ir, ofrecerse para ser reclutada y ser llevada a Charlein para ver que podía averiguar por su cuenta, rodeada de tantos eruditos. Sin embargo, yo no estaba de acuerdo, y Miry tampoco. Aquella misión sería demasiado peligrosa, exponía a la bruja a riesgos innecesarios, por lo que ganando dos a uno decidimos que yo iría a investigar lo que pudiese a la fortaleza mientras que Cidira permanecía en Thorn investigando allí y Miry sería su protectora.
Con todo dispuesto me despedí de mis compañeras, dejándolas en la ciudad con cierta preocupación en el corazón, pero sin más remedio que teniendo que separarme de ellas durante el tiempo que durase aquella misión.
El viaje fue breve. Charlein estaba a muchos kilómetros, era cierto, pero puedo desplazarme a altas velocidades sin ser vista, alcanzando a ver la fortaleza en apenas unos minutos desde que empecé el camino. Era una edificación majestuosa construida en medio de las montañas, mucho más que el castillo que había en Thorn. La arquitectura era una que no había visto nunca, solemne pero poderosa, con grandes cristaleras y vidrieras rojas y oscuras. Estaba claro donde se iban buena parte de los recursos de ese lugar. Desde la distancia pude ver multitud de seres patrullando las murallas y los alrededores, entidades monstruosas que podían protagonizar las pesadillas incluso de adultos. Había hasta aberraciones voladoras que más bien parecían gárgolas hechas carne o grandes murciélagos de bocas desencajadas.
En fin, hice bien en no dejar a la bruja venir a este lugar, a saber que sustos se habría dado. Aunque pude ver que, allá por el camino, unos carruajes iban dirección a la propia fortaleza. En su interior había personas y deduje acertadamente que se trataba del envío de eruditos de que la Guardia de Sangre había estado reclutando hacía un par de días.
Las siguientes horas las dedique en infiltrarme en la fortaleza, metiéndome directamente en la boca del lobo, haciendo uso de todas mis habilidades para el sigilo y el subterfugio para no ser detectada. Se me dio relativamente bien, la seguridad, aun siendo compuesta por entidades oscuras y monstruosas que sobrepasaban ampliamente las de un humano normal, no hacían muy bien su función. Bien sabía yo que los seres oscuros eran más duchos en ocultarse que en detectar, pero el problema principal no era ese, sino que parecían acomodados, como si nunca hubiesen sufrido un ataque o, de haberlo hecho, hacía mucho que se había olvidado.
Sin embargo, no estaba allí de turismo, sino para conseguir información. Pude localizar con relativa rapidez el lugar donde se congregaban los eruditos y ocultistas. Era un salón acondicionado para sus labores, que conectaba con otras salas más pequeñas que servían como lugares de descanso. Sobra decir que estaban custodiados, con miembros de la Guardia de Sangre en puertas y en la propia sala. Incluso algunas pesadillas (así llamaban a algunos monstruos de Deloran) estaban presentes, seguramente para motivar con terror a los presentes, que recordasen que les pasaría si no trabajaban y daban resultado.
En dicho lugar los estudiosos compartían teorías, realizaban experimentos con muestras y anotaban resultados y conclusiones en diversos documentos. Por lo que pude oir, dichos papeles acabarían en manos de la que se conocía como “La Consejera de las Sombras”, una mujer de confianza de Xarabas y que actuaba como su asesora en temas místicos. Naturalmente tocaba hacerle una visita a la susodicha, si alguien tenía la información que buscaba, era ella.
Afortunadamente, la ubicación de dicha mujer no era un misterio. Al parecer todos sabían que dedicaba prácticamente todo su tiempo en su estudio personal, apenas saliendo para tomar algún refrigerio o ir al baño. Pude infiltrarme hasta tener la puerta de su estudio a la vista. Esta estaba custodiada por dos seres de aspecto humanoide pero monstruosos, de tez totalmente negra. Los reconocí como elementales oscuros gracias a nuestra afinidad con las sombras. Era algo intrínseco el reconocer a otros con la misma naturaleza a no ser que se intentase ocultar activamente y, si eran seres oscuros, eso significaba que podían caer bajo mi influencia.
Una vez con la seguridad que me proporcionaba ese control pude abandonar mi escondite. Ambos seres se percataron de mi presencia e inmediatamente se pusieron firmes, como un soldado viendo pasar a su rey. No dieron la alarma ni se mostraron hostiles, todo iba genial. Les di una sencilla orden a ambos, y era que no permitieran que nadie me molestase mientras le reunía con quien esperaba tras esa puerta. Naturalmente, si alguien con la suficiente autoridad venía con intenciones de entrar debían permitírselo, pero advirtiéndomelo antes y tener así tiempo para esconderme. Por fortuna no fue necesario.
Ambos abrieron pues el portón doble para que pudiese entrar, cerrando a su vez una vez mis pies me llevaron al interior. Allí fue la primera vez en mi vida que vería a aquella mujer, la que llamaban Consejera de las Sombras. Alguien que no era ni más ni menos que Flora, la madre supuestamente fallecida de Cidira.
Naturalmente, a esas alturas no sabía quién era realmente, yo solo veía a una mujer voluptuosa, madura, de edad comprendida entre treinta y cuarenta, portadora de una gran belleza serena, cabellos ébano con unos brillos violáceos que hacían juego con sus ojos, los cuales tenían un brillo intelectual. Aquella mujer me miró con una mezcla de curiosidad y extrañeza al verme, como cuando te encuentras a alguien en un sitio y sientes que no debería estar ahí pero no estás del todo seguro. Unos segundos en silencio pasamos, examinándonos mutuamente, sin dar ninguna el primer paso en la conversación que estaría por comenzar.
Y así dio comienzo una breve negociación. La mujer exigió saber quién era y que quería, y respondí una de ambas cuestiones. Le dije que estaba ahí por su investigación, que me la diese por las buenas, hasta pudiendo pedir algo a cambio… Sin embargo, casi como era de esperar, la mujer rechazó mi petición en redondo, prácticamente riéndose de mi por ocurrírseme algo tan descarado, ordenando que dejase de molestarla inmediatamente. Pero yo no iba de broma, ni estaba jugando.
Pareciera que la Consejera se dio cuenta de que hablaba completamente en serio cuando reparó en mi mirada. Se hizo un momento de silencio y, ante el intento de la bruja de formular lo que parecía ser un ensalmo, mis sombras reaccionaron al instante, rodeándola en la que parecían ser zarzas negras repletas de espinas que se ceñían en su piel sin llegar a perforarla, incluso su cuello estaba amenazado, pudiendo la mujer sentir como incluso el respirar hacía que aquellas púas amagasen con clavarse.
La conversación fue más fluida a partir de ese punto, he de decir. Flora fue bastante más receptiva a mis palabras cuando la vida estaba a un centímetro de terminársele, hasta palideciendo y mirándome con cierto temor en ojos y voz tras presenciar aquello. En verdad me sorprendió… ¿Acaso nunca la habían amenazado con tanta frialdad anteriormente?
Sea como fuera, la culpa realmente fue suya por no atender a razones en primera instancia y ningunearme. Fácilmente pude conseguir que me indicase donde guardaba las notas más importantes de la investigación, los apuntes personales de aquella mujer. Claramente aquello parecía afectarla, como si le estuviese robando algo sumamente valioso, pero era ella o yo.
Ojeé los papeles por encima, sin entender prácticamente nada de su contenido. El idioma me resultó familiar, eso sí, parecido (si es que no idéntico) al que usaba Cidira, casualidades de la vida pensé en ese momento, cosas de brujas. Sin embargo, cuando me dispuse a irme, la mujer me rogó que me detuviera.
Fue cuando me giré para verla que pude ver el verdadero temor en su mirada, prácticamente descompuesta. Ella sabía cuál sería su destino si su señor se enteraba de que, no solo había perdido la investigación que llevaban meses desarrollando, sino que encima la había entregado a una supuesta espía enemiga. Flora imploró ayuda, desesperándose al ver que no conmovía mi corazón con sus súplicas y se le acababan sus opciones de supervivencia. Finalmente optó por ir todo o nada, intentando negociar conmigo a cambio de que la sacara de allí. No pude evitar sonreír al ver como las tornas habían cambiado, y recordar como ella había despreciado mi intento de negociación. Pero no perdía nada si aceptaba su trato: Sacarla sana y salva a cambio de su ayuda para acabar de desentrañar los misterios de los latidos y, quizás, información interesante sobre Xarabas.
Yo ya tenía a Cidira, y estaba segura de que ella podría, con esos documentos, descubrir todo lo que se propusiera sobre ese tema, pero la ayuda nunca venía mal, y la información sobre el llamado “Dios de la Oscuridad” seguramente me sería útil en el futuro, así que accedí a ello, deshaciendo las zarzas de oscuridad y, con algo más de dificultad que cuando me infiltré en solitario, logré extraer a Flora de la fortaleza de Charlein una vez esta llenase unas bolsas de sus efectos personales. Ya a lo lejos podíamos ver cómo, pasado ese largo rato, la fortaleza entraba en alerta máxima, conscientes finalmente de la desaparición de la Consejera de las Sombras. Serían días movidos en los que Flora debería, sobre todo, ocultar su identidad hasta que la tormenta amainase. Al menos en Thorn, con toda su densidad poblacional, estaríamos más seguras.
Poco sabría yo que al atravesar el umbral de nuestro piso franco y ser recibida por Miryssierth y Cidira, esta última dejaría caer al suelo lo que tenía en sus manos para mirar con cara de incredulidad absoluta a la mujer que me acompañaba y entraba para refugiarse entre esas cuatro paredes.