Cuando la oscuridad me envolvió poco a poco sentí como mi consciencia se desconectaba. Era una sensación extraña, entumecimiento mental, como si todos mis pensamientos fuesen esfumándose hasta quedar la nada absoluta, la más grande de las apatías.
Mi contacto con el exterior se cortó por completo, y ni yo misma recuerdo muy bien que pasó durante aquellos largos minutos. Únicamente llegué a saber por el tiempo que estuve ahí dentro por lo que posteriormente me dijeron Cidira y las demás, pues desde mi punto de vista podrían haber sido desde segundos hasta días enteros. Lo poco que puedo rescatar de mis memorias es el recuerdo de sentir como caía y me hundía en un océano sin fondo de oscuridad. En el cielo, a lo lejos, varias estrellas (unas más brillantes que otras) iluminaban tenuemente el firmamento, más a medida que me precipitaba en las aguas negras se volvían cada vez menos perceptibles.
Podía sentir como mi cuerpo se iba disolviendo en aquel lugar. La piel, músculos, sangre y huesos. No iba quedando nada de mi salvo mi propia alma y, lo peor de todo, era que no me importaba. Mi mente simplemente aceptaba y daba la bienvenida a aquello, como volver a ver tras mucho tiempo a un viejo amigo. Así, y a pesar de que ya no podía sentir mi cuerpo, si seguía siendo consciente de mi alrededor. Podía aún experimentar como me hundía más y más. De vez en cuando, un ruido lejano y unas vibraciones sacudían las aguas, perturbando la absoluta calma que solía reinar en aquel lugar.
Pasado un tiempo y por primera vez desde que todo aquello comenzó, una oleada de dolor difícil de describir invadió lo que quedaba de mí. No era ordinario ni mundano, algo le pasó a mi alma. Si tuviese que decir como era, sería la sensación de ser atravesada por garfios por todo el cuerpo y que tiraran de ellos para arrancarme la piel y la carne con brutalidad. Era todo lo que sentía en ese momento, ese inmenso dolor que invadía cada fibra de mi espíritu hasta que, sea lo que sea lo que aquel mar de tinieblas intentaba arrancar de mí, lo consiguió… y llenó el espacio que quedó con sus aguas.
Pasó más el tiempo, y mi consciencia empezaba a regresar poco a poco. Alrededor de mi alma la oscuridad iba tomando forma, construyendo una carcasa terrenal más apta que mi anterior cuerpo para contener mi esencia. Sin embargo, mientras aquello ocurría, algo inesperado pasó: Como si la realidad misma se quebrase, un estruendo resonó por todo el lugar, agrietándose el espacio y formando un agujero. Era como si hubiese estado dentro de una bola de cristal y alguien la hubiese golpeado hasta crear un agujero. Sin embargo, lo peor no fue eso, sino que a través de dicho agujero pude ver el horror absoluto. Allí, frente a mí, Miryssierth estaba en su forma de dragona, derrotada, desgarrada y cubierta de sangre. Frente a ella veía a la responsable de tan horrible acto, una enorme y monstruosa araña repleta de ojos que bien podía protagonizar las pesadillas de cualquier aracnofóbico.
Aquello hizo bullir la rabia y el odio en mi interior a niveles que ni yo misma creí capaces.
A medida que la furia aumentaba, las aguas negras donde me encontraba embravecían, respondiendo a mis sentimientos. Yo era y soy consciente de que la Oscuridad está relacionada con los sentimientos negativos, en contraposición con la Luz, pero jamás lo había visto en acción. Aquella fue una de las pocas veces que desee poder con todas mis fuerzas, poder para destruir, para matar, para vengar y hacer pagar a quienes hacían daño a aquellos que me importaban. Y mi deseo fue concedido.
Respondiendo a esos impulsos de violencia y destrucción, todo aquel mar oscuro se empezó a arremolinar conmigo en el centro, tomando forma, concentrándose. Las grietas en aquel espacio crecieron y crecieron a medida que la tensión, el odio y el poder se acumulaban, llegando el punto en el que todo sencillamente se quebró y estalló en mil pedazos. Estaba desatada.
A partir de aquí no recuerdo prácticamente nada. Sometida como estaba a un estado emocional tan inestable y tras la experiencia que fue pasar por aquel extraño ritual. Pero, por lo que me contaron, lo que salió de la crisálida que se formó a mi alrededor fue un enorme ser monstruoso, compuesto de oscuridad, con varios brazos, cuernos y ojos blancos. Esa “forma” que me fue otorgada por mis deseos de venganza peleó contra aquella araña, que no resultó ser otra que Nephila Clarimonda, otra de los Dioses de la Oscuridad, que vino con intenciones de devorarme mientras me encontraba vulnerable y reclamar para ella el Eclipse.
Sin embargo, aquello no pareció calmar la furia en mi interior. El odio y las ansias de destruirlo todo me habían consumido, como si el mundo sin Miryssierth sencillamente no debiese existir para nadie ya. Aún me espanta pensar que habría pasado si las cosas hubiesen seguido por ese camino. Afortunadamente, la única persona en el mundo que podía aplacar dichos sentimientos no se encontraba lejos.
Fue así como, cuando en mi mente todo era caos, que de una de esas estrellas en el firmamento de mi consciencia se iluminó más que nunca, justo al lado de una cuya luz titilaba débil, moribunda. De aquella intensa luz pude ver a Cidira, la cual cayó al mar de oscuridad turbulenta, luchando con todas sus fuerzas por nadar hacia su interior, hasta el centro del mismo donde se encontraba mi propia alma furibunda. Las aguas parecían dañar y corroer a Cidira a más profundamente iba, intentando repeler a la intrusa, pero bien se yo que hace falta más que eso para disuadir a una mujer como ella.
Finalmente, ella me alcanzó y rodeó con sus brazos mi espíritu, acunándome, consolando mis sentimientos. Aún puedo sentir la calidez que sentí si pongo mi mano sobre mi pecho, reconfortante, aliviadora, sincera. Las aguas se empezaron a calmar a medida que el cruel ardor de la ira fue sustituyéndose por esa calidez. Una paz que volvió a reinar en el mar de oscuridad que era mi interior.
Fue entonces que volví a abrir los ojos y a ver el mundo por mí misma. Pude sentir como los rayos del sol bañaban mi cuerpo. Miré al cielo, contemplando como Eclipse había concluido y la Luna se estaba retirando por completo, dejando que el Sol recuperase el breve reinado que tenía en Deloran dos o tres veces por año. Bajé la mirada, contemplando a Flora, con una mezcla de horror y preocupación en su mirada, mirándome mientras atendía a una desmayada Cidira y una dragona destrozada.
Miré mis manos, sintiéndolas diferentes, mechones muy largos de cabello oscuro caían desde mi cabeza por mi espalda, ondeándose al viento. Pude ver como algunas plumas negras eran llevadas por la brisa. Algo había cambiado en mí. Pero, lo más importante fue que, cuando volví la mirada una última vez hacia los cuerpos de Cidira y Miryssierth, pude ver como ambas seguían respirando. Con dificultad, pero seguían respirando.
Lo último que recuerdo es caer hacia atrás, sintiendo el mayor alivio en mi corazón que alguien puede sentir, dejando que la inconsciencia se me llevase.