Aquel era el primer encargo solicitado por la corona de Albain, de boca de la mismísima reina Yvaine Ròsach, la primera de su nombre. Si bien en su estancia en el reino blanco había descubierto que su majestad no era muy popular en algunas esferas de la sociedad (Como la nobleza), eso significaba algo para Leena: Trabajo.
Todo mercenario que se precie siente cierta satisfacción al trabajar directamente para alguien importante, Leena ya lo había experimentado en anterioridad, al pasar unos años como Aria de Wissenshaft, bajo las ordenes de Lucanor, príncipe de Lucrecio. Aquellos años le habían enseñado a la joven que trabajar para gente pudiente y poderosa significaba a su vez ambas cosas: Poder y dinero.
El trabajo era sencillo, una prueba impuesta y autoimpuesta para demostrar su valía ante la reina. Consistía en demostrar la implicación del duque Deoch en unas malversaciones de las arcas reales, algo común en reinos donde la corrupción está incrustada profundamente.
La joven sombra meditó sobre aquello, había factores a tener en cuenta y que, en cierto modo, hacían aquello incluso más prometedor, pues una reina con poco poder aparente como Yvaine resultaba una pobre amenaza para un noble del calibre de un duque. Juegos de poderes en las altas esferas, unos juegos que desagradaban a Leena, pero que había aprendido a moverse entre ellos como un gato camina por la cornisa de una ventana.
Con aquella información en mente tocaba decidir el primer paso que dar para demostrar la supuesta culpabilidad de Deoch. Yvaine sugirió la existencia de libros de cuentas o registros y, aunque la idea de allanar el hogar del duque era tentadora también era insensato, no podía registrar de arriba a abajo la mansión y esperar que nadie se diese cuenta. Mejor sería dar un “rodeo”.
Lo primero en todo trabajo de espionaje era, por supuesto, espiar al objetivo: Descifrar sus patrones, determinar sus horarios, identificar a sus aliados… Y así lo hizo, durante toda una semana se convirtió en la sombra del duque: Siguiendo todos sus movimientos, escuchando muchas de sus conversaciones y descubriendo algunos secretos escalofriantes.
Lo primero es lo primero: La vida de una noble resulta terriblemente aburrida de espiar. Poca gente valora la paciencia requerida en los espías, pues, más allá de las obvias habilidades de sigilo e interpretación que requieren, la paciencia y concentración necesaria para seguir a una persona todo el día y estar alerta por si se descubre algo interesante es monumental, como ver una aburrida obra de teatro a la espera de un giro en la trama. Sin embargo, la paciencia tiene sus recompensar: Tras unos días de aparente rutina monótona nobiliaria, su excelencia cambió su rumbo habitual al volver a su hogar después de su labor en la corte del palacio. Ya cuando la luna empezaba a alzarse aquel hombre, acompañado de su escolta, se reunió con un sospechoso enmascarado. Leena maldijo para sus adentros por no poder escuchar la conversación, pues apenas habían intercambiado unas palabras y un sobre sellado cambio de manos, acabando en las del desconocido. La reunión fue tan rápida que a Leena no le dio tiempo a posicionarse en el tejado más cercano a cuchichear, pero entonces debía tomar una decisión: Seguir a duque o al desconocido… optó por lo segundo.
El hombre encapuchado actuaba de forma paranoica, mirando a todos lados mientras caminaba, con una mano en el bolsillo donde había guardado aquel sobre. En cierto modo hacia bien de actuar así, pues estaba siendo seguido y, pese a sus intentos de descubrir posibles perseguidores, no tuvo la percepción suficiente para percatarse de la presencia de Leena, al amparo de la noche y embozada en su capa de sombras.
Tras unos minutos la presa de Leena acabó entrando por la puerta trasera de un local, el cual más pronto que tarde la chica descubriría que era un burdel. Con agilidad y sigilo Leena se coló en el interior del local a través de una de las ventanas más cercanas al tejado y rápidamente empezó a buscar al sospechoso. No tardó mucho en dar con él, con su detección del aura de la gente pudo percibirlo en apenas unos segundos. Tras deducir su trayectoria se escondió en una de las habitaciones vacías, esperando que aquel tipo pasase por delante, por el pasillo, y una vez volver a tomarle la espalda reanudo la persecución, aunque no por mucho tiempo pues tras unos segundos acabó adentrándose en una estancia, cerrando tras de sí. Había llegado a su destino.
Leena se acercó a la puerta y pegó la oreja en ella, instintivamente la luz del pasillo menguo su intensidad, como si la propia oscuridad acompañase a la espía allá donde iba, para alguien normal sería prácticamente imposible verla desde el otro lado del pasillo.
A través de la barrera de madera pudo escuchar unas voces, dos para ser precisos. Entre las palabras que logró distinguir se encontraban, sin dudas, referencias al duque y a cierto dinero, aunque no se refirieron a Deoch directamente en ningún momento.
Cuando la conversación entre ambos daba los compases finales Leena hizo el bien de volver a esconderse segundos antes de que el encapuchado abandonara el lugar, ya más tranquilo y, más importante todavía, con las manos libres, como si ya no tuviese el sobre. Era fácil deducir que él no era el destinatario de aquella misiva.
Dos posibilidades se abrían ahora ante ella: Irrumpir en esa habitación y mediante el engaño o la amenaza hacerse con la carta o esperar a que estuviese vacía y buscarla. Ambas opciones tenían ventajas e inconvenientes pero la que más le preocupaba era la posibilidad de que destruyeran el documento para eliminar pruebas.
La naturaleza de su alma D’anjayni siempre la inclinaba a la inacción en esos casos de dudas, pues los poseedores de almas así siempre preferían la contemplación a la acción y aquella vez no fue suficiente, optando la espía por arriesgar a la suerte. Así que esperó, escondida, hasta que escuchó como la puerta de aquel cuarto se abría y luego se cerraba, luego pasos y finalmente quietud… Era el momento.
Como un fantasma se adentró en aquel despacho y empezó a rebuscar en el escritorio. No sabía de cuánto tiempo disponía, pues aquel hombre podía volver en cualquier momento, quizás incluso solo hubiese ido a aliviar sus necesidades. Por fortuna encontró lo que buscaba escondido en un pequeño libro en uno de los cajones del escritorio y, tras ponerlo a buen recaudo entre sus ropajes se acercó a la ventana que daba al exterior y huyó al amparo de la noche sin dejar ninguna prueba de su presencia allí salvo la falta del documento.
Aquel papel escrito en tinta negra delataba una sospechosa relación entre aquel lugar y el duque, y aunque en ningún momento se decían nombres completos, solo con la letra y un poco más de investigación por parte de la guardia sería suficiente para desentrañar el entramado clandestino que allí se estaba gestando, pues la nota hacía referencia a un supuesto “envío de materiales”, y no era muy difícil de deducir que, teniendo en cuenta el tipo de negocio en el que la misiva había acabado y el resto del documento, se trataba de un negocio de trata de mujeres.
Sin embargo, el trabajo aún no estaba acabado, pues aún quedaba desentrañar el misterio del dinero desaparecido de las arcas reales y aunque Leena ya se hacía una idea de donde había ido a parar necesitaba pruebas claras. Era el momento de encontrar el supuesto libro de cuentas del duque.
Por primera vez durante aquel encargo Leena tuvo que recurrir a un informante. Emboscó esa misma noche a una de las doncellas del duque cuando iba de camino a su casa y en aquel callejón la acorraló. No hizo falta violencia, aunque si mantuvo una actitud intimidatoria, unas pocas palabras y monedas resplandecientes fueron suficientes para que la mujer le diese la información que buscaba sin mayores problemas: Donde había estado el duque al volver a casa.
Esa información era importante, pues Leena no había podido seguir sus movimientos debido a tener que separarse de él. Su sorpresa fue que en vez de ir a su despacho como era usual tras la cena había ido a la biblioteca de la mansión. Leena entonces tuvo la revelación: El libro de cuentas estaba en la biblioteca, camuflado entre todos los libros.
Esa misma noche fue a la mansión y burlo a la guardia sin muchos problemas. Moverse en las sombras era su especialidad y ver a través de ellas facilitaba mucho la labor, pues pudo entrar en la biblioteca y revisarla sin encender una simple vela. Lo difícil venia ahora… encontrar el dichoso libro. Bendita paciencia de los espías.
Lo único que facilitó la búsqueda fue que Leena tenía ya un papel con, en teoría, texto escrito por el mismo duque, por lo que solo tenía que buscar la misma caligrafía en las páginas de los libros. La noche se hizo larga y ella permaneció allí horas, trabajando con diligencia y sin ser perturbada. Su perseverancia tuvo sus recompensas al encontrar su premio: Un libro donde se detallaban los movimientos financieros de Deoch de Argyll. Tras examinarlo por encima, especialmente sus últimas anotaciones pudieron identificar unos ingresos anómalos. Esas debían ser las malversaciones de las que Yvaine sospechaba. Perfecto.
Sin perder un minuto abandonó la mansión y los jardines para dirigirse hacia el palacio. Pensaba dejar tanto la nota como el libro de cuentas en la mesita de noche de la reina para que la joven monarca pudiese examinar los documentos mientras desayunaba y sacase sus propias conclusiones. Ya habría tiempo de discutir y elucubrar más tarde, aunque aquello, realmente, estaba fuera de sus servicios. La reina quería pruebas, y amanecería con ellas a menos de un metro de su lecho, con un trozo de tela negra entre ellas.