Duró una eternidad.
Tras haber puesto un pie en el abismo, Leena había caído en él. Pudo ver como el torrente de oscuridad la envolvía, como si estuviese en el centro de un huracán. Todo se volvió negrura absoluta poco después, no como si fuese un lugar sin luz (que lo era), más bien es que sencillamente no había nada allí. Apenas podía saber que estaba cayendo entre tanto vacío, solo una sensación de que tiraban de ella hacia abajo la hacía mantener esa creencia. Algo, o alguien, tirando de ella hasta el fondo del abismo, el fin del mundo, la muerte.
Y entonces dejo de sentirlo. Aquella fuerza dejó de influir en ella, se sintió ingrávida en aquella negrura y, tras intentar ponerse de pie, sus manos tocaron suelo lo que parecía suelo firme, totalmente liso, sin imperfecciones, indistinguible del resto del lugar.
Aquello le resultaba familiar, terriblemente familiar. Al principio se forzó a negarlo, no quería afrontar la verdad que se le presentaba, pero en el fondo de su ser sabia la verdad: Aquello era muy, muy parecido a como empezaban sus pesadillas. Había tenido cientos, quizás miles, a lo largo de su vida y todas empezaban con ella cayendo hasta un lugar totalmente oscuro como aquel.
Una punzada de pánico se apoderó de ella. De pronto ya no se sentía como alguien que acababa de derrotar en combate singular a uno de los Ángeles Caidos de Samael, alguien capaz de derrotar por si misma a un ejército regular sin sufrir un rasguño. Dejó de ser Leena, Alma, o cualquiera de las identidades que había adoptado con los años. Ahora mismo solo era una chica al borde del llanto. Indefensa, débil. Indigna.
Echó a correr, al igual que ocurría en sus pesadillas. Sabía lo que iba a ocurrir, y no se hizo esperar. Entre aquella oscuridad insondable empezó a escuchar gruñidos, susurros, sonidos venidos del mismo infierno. Y se hacían cada vez más fuertes. Se acercaban a ella. Y entre todo aquello había una voz que, a diferencia del resto, se escuchaba lejana, ominosa. La estaba llamando, por su nombre, el de verdad, aquel que solo un puñado de personas conocían.
Una parte de ella, aquella que reaccionaba al escuchar su nombre, la instaba a darse la vuelta y correr hacia aquella voz, pero eso suponía ir directa también hacia aquellos monstruos que la perseguían. Era una locura, moriría. Tenía que huir, tenia…
Sus pies desnudos tocaron agua. Había llegado a una costa y, aunque no podía verla en la oscuridad, podía sentir como aquel suelo se hacía más profundo, dando paso a lo que bien podría ser un mar. Solo que no era agua, aquello tenía el inconfundible olor de la sangre.
En pesadillas pasadas había intentado huir de los seres que le daban caza lanzándose a aquel mar y huir a nado. Todas las veces había sido inútil, pues aquella extensión de sangre no estaba deshabitada. Miles de pequeños seres la poblaban, impacientes de que se internara lo suficiente para arrastrarla dentro y devorarla viva con sus pequeñas pero afiladas fauces.
Sintió un escalofrió. ¿Qué era mejor? ¿Morir devorada por un enjambre acuático o despedazada por unas bestias sedientas de sangre? Se sentía abrumada, en shock, el corazón latiendo a toda velocidad, casi pareciera que se le iba a salir del pecho.
Su nombre resonó de nuevo, en su cabeza, en todo su ser.
Podía luchar… esa idea floreció en su mente. No, era ridículo, ella solo era una simple humana y ni siquiera tenía armas con las que defenderse.
Otra vez, su nombre. Más fuerte.
Se giró, dándole la espalda al mar de sangre. Los ruidos que hacían las bestias eran muy fuertes ya. Estaban a unos pocos metros, sin embargo, ni podía verlos con aquella oscuridad. Aquella oscuridad…
Una vez más. Cada una de las silabas de su nombre resonaban con fuerza en su cabeza, alzándose sobre todo lo demás. Cerró los ojos, esperando que la pesadilla acabase pronto y encontrarse en la cama de alguna taberna, mojada de sudor y lágrimas.
Pero nada de eso ocurriría. Iba a morir allí, las pesadillas siempre acababan con su muerte y esta vez no era una ilusión fruto de su mente. Su luz se apagaría y caería en el olvido. Algo saltó hacia ella y abrió las fauces. Se hizo el silencio.
La batalla estaba siendo cruenta y apenas podían contener a las Elhaym. XIX y Ophiel luchaban juntos a los pies del templo. A su alrededor había una docena de Doncellas de Luz, armadas con sus alabardas radiantes, algunas volando a su alrededor y otras en tierra.
—No puedo creer que vaya a morir junto a alguien como tú —Dijo XIX mientras golpeaba con su gran maza a una Doncella. La elemental de Luz bloqueó con su arma, pero la fuerza del impacto la lanzó volando contra una de sus compañeras que alzaba el vuelo tras de ella. Ambas cayeron al suelo unos metros más allá.
Ophiel estaba a unos pasos de él, casi espalda con espalda. Había invocado varias cuchillas y apéndices de sombras para atacar y defenderse por igual. Aquello era bueno, XIX estaba acostumbrado a combatir junto a ese tipo de cosas, pues Leena también las usaba en batalla. A lo que no estaba acostumbrado era a luchar junto a usuarios de magia, pues Ophiel, a diferencia de su hermana, tenía el Don, y combinaba de forma magistral su dominio de la oscuridad con devastadores hechizos.
Y aún con todo era un milagro que siguieran vivos, resistiendo ante el ataque continuo de algunos de los elementales de Luz más poderosos que existían.
Tras un instante Ophiel acabó de formular el hechizo que había estado preparando. Alrededor de ellos la zona cambió casi por completo, difuminándose y adoptando un reflejo retorcido y macabro. De repente aquel lugar bañado en luz y rebosante de vida se convirtió en un lugar triste y desolado: La hierba se ennegreció, la tierra se agrietó, las flores se marchitaron y todo perdió su brillo. El reflejo tétrico de donde se encontraban.
Aquello afectó a las doncellas, al menos a la mayoría de ellas. Empezaban a pelear algo más lenta y torpemente. Quizás no era algo muy marcado, pero lo suficiente para que la batalla no fuese tan desbalanceada en favor de la Luz.
—Esto no durará eternamente. Más vale que se dé prisa… —Murmuró, mirando un instante al templo, donde Leena había cruzado y perdido en la oscuridad. Cada segundo que pasaba hacia peor la situación y si los mataban sellarían de nuevo el templo con ella dentro. Todo su trabajo tirado por la borda y su hermana encontraría un destino peor que la muerte.
Mucho peor.
El silencio se rompió cuando algo detuvo a la criatura en seco. La oscuridad se había materializado en forma de garra enorme y la había agarrado por la cabeza. Tras ella Leena abrió los ojos y las tinieblas ya no fueron obstáculo para ella.
Podía verlos ahora, claramente, aquellos seres eran como leones, aunque más grandes y de aspecto retorcido. Eran delgados por la cintura, demasiado para su fisionomía, además de que su parte delantera (La cabeza y las garras) eran desproporcionadamente grandes para su tamaño.
Poco importaba realmente. Con un simple gesto cerró su puño y la enorme garra actuó al unísono, cerrándose con fuerza en torno a la cabeza del ser, aplastándolo con una fuerza difícil de comprender, haciéndola estallar por los lados y regando aquel suelo con sus restos.
Las demás bestias gruñeron, pero se mantuvieron cautelosas, mostrando sus enormes fauces, tan grandes como un niño de 8 años. Algo así podía fácilmente matar a una persona de un mordisco y dejaría el cuerpo irreconocible.
Leena las miró. Los ojos fríos como el hielo, casi podían verse entre la oscuridad. Eran claros, color porcelana y ya no había rastro miedo en ellos. Había determinación, autoridad, poder. Avanzó unos pasos y las bestias retrocedieron, como quienes ven a un depredador más feroz que ellos. Podían sentirlo, estaba en su sangre, ella no era una presa. Era su ama.
La tenebrosa influencia de Leena se extendía por ellos. Los seres de oscuridad eran vulnerables al control de Leena, y estos no eran una excepción. De repente era como si todos tenían un collar en su cuello y tiraran de ellos. Empezaron a seguir a su nueva dueña, sin rechistar, obedientes.
La voz que la llamaba seguía resonando en su cabeza. Estaba allí, no muy lejos, podía sentirlo. Caminó en su dirección. Aquel lugar ya no le parecía hostil, ajeno, material de pesadilla. Era todo lo contrario: Un lugar donde la oscuridad reinaba, donde su voluntad era absoluta. Un solo pensamiento y todo a su alrededor respondía ante ella. ¿Cómo podía haber siquiera pensado que estaba indefensa y desarmada? Aquel lugar era, de entre todos los que había visitado en su vida, el lugar donde más poderosa se sentía. pues ahora era su otra parte la que había tomado las riendas, la parte que la vinculaba a Ophiel y los hacia hermanos.
Sus pasos la acabaron llevando a un lugar donde la oscuridad se sentía más densa. Las bestias que la seguían recelaron, se mostraron reacios a continuar y Leena pudo sentir por qué. Era la misma sensación que había sentido tantas veces cuando se colaba disfrazada en palacios o fiestas de alto nivel, ese sentimiento de saber que aquel no es tu lugar, que no se es digno de estar allí.
Sin embargo, Leena sintió todo lo contrario. Avanzó hacia aquellas densas tinieblas, las cuales eran casi palpables, como si fueran nubes de un negro abisal. Dio un paso tras otro, como una reina caminando por una alfombra roja camino de su trono. Allí era donde debía estar, tras tantos años. La voz en su cabeza sonaba tan cercana… casi era como si tuviese al ser que la llamaba delante. En cambio, encontró una espada.
Parpadeó, perpleja, al encontrar el artefacto suspendido en el aire. Una parte de ella la instaba a cogerlo, la misma que le había salvado la vida minutos antes. La otra, sin embargo, le gritaba que se alejara, de allí. Dos posibilidades, una elección.
Contempló el arma unos instantes y reconoció que jamás había visto nada parecido. El arma no parecía muy funcional (Los artefactos a veces tenían formas estrafalarias), su filo se componía de tres hojas retorcidas en espiral y acabadas en tres puntas, ¿Un arma para estocadas, quizás? No estaba segura. La única parte que tenía sentido era el guardamano de la empuñadura, dándole aspecto de arma de duelista.
Extendió la mano hacia ella mientras su otra parte le suplicaba no hacerlo. Se obligó a ignorar esa voz, era su parte débil, su parte más humana, la que se encogía de miedo en la oscuridad y huía llorando de sus enemigos. No, no la necesitaba.
Sus dedos acariciaron la empuñadura del arma y todo a su alrededor quedó en la más absoluta de las calmas. Era como si las mismas tinieblas contuviesen el aliento, expectantes de lo que iba a pasar. Entonces agarró la espada. Y el mundo entero tembló.
Las gotas de sangre no dejaban de caer. Brotaban de sus brazos, piernas, pecho y espalda. Se mezclaban entre ellas, uniéndose poco después junto con las de aquel que luchaba a su lado. Ambos, Ophiel y Artorius estaban al borde del colapso. Sus cuerpos, maltratados hasta puntos en los que costaba creer que aún podían mantenerse en pie, eran un lienzo de tonos rojos y oscuros.
XIX había perdido su lanza hacia unos minutos, partida por la mitad tras haber detenido un ataque particularmente poderoso de una Doncella, y su espada-pistola ya no tenía munición. Ophiel, por su parte, tenía la armadura resquebrajada, pareciera que un simple golpecito sería suficiente para desmoronarla finalmente.
El Zeon y el Ki hacía rato que se había acabado. Lo único que les quedaba era resistirse con sus últimas fuerzas para finalmente morir.
Aquel era el desenlace esperado, ¿no? Hacer frente en solitario a una docena de Elhaym era, cuanto menos, una locura. No era el tipo de batalla que uno puede ganar, no así.
Se miraron un instante a los ojos. Los ojos de XIX reflejaban su cansancio, los de Ophiel, en cambio, estaban llenos de pesar, de decepción. Leena no lo había conseguido. Quizás, como dijo el duk’zarist, no era digna…
Las Elhaym alzaron sus alabardas y las pusieron en ristre, rodeando a los dos hombres. En cualquier momento atacarían al unísono y darían fin a todo aquello. Sin embargo, las Doncellas no atacaron, en vez de eso todas miraron hacia el templo, confusas. No… no era confusión lo que sentían. Era miedo.
El templo estalló.
No con una explosión, fue más bien como si el torrente de oscuridad de su interior hubiese crecido, amplificado, aumentado su poder a niveles increíbles. La estructura de piedra y mármol no lo resistió y se desmoronó. El gran torbellino de energía oscura se elevó hacia el cielo, con los trozos de templo orbitando a su alrededor. El cielo que antes era dorado y luminoso se oscureció allí donde el torrente lo golpeó, extendiendo su negrura lentamente, como si se dejara caer alquitrán en el suelo y este se extendiese lentamente por todos lados.
Solo quedaron los cimientos del edificio. Agrietados y supurando una sustancia negra donde las grietas eran más grandes. Del gran torbellino salió una figura desconocida. Era una mujer, alta, de cabellos negros como la noche, largos, cayendo en cascada por sus hombros y espalda. Su cuerpo era voluptuoso, cubierto únicamente con las sombras que la rodeaban, que se tornaban densas desde los hombros hasta la parte baja de las piernas, dándole una forma que recordaba a un vestido. De la espalda de la mujer surgían un par de alas tan negras como su cabello, cuyas plumas caídas se disolvían en oscuridad al tocar el suelo. Sus ojos, por otra parte, eran claros, familiares… y de ellos no dejaban de caer lágrimas negras.
Leena no sabía que había pasado, no con certeza al menos. Al tomar aquella espada pudo sentir como si algo hubiese cambiado en su interior. Había sido como despertarse de un terrible sueño que había durado demasiado tiempo. La oscuridad que había en aquel extraño lugar acudió a ella en el mismo instante en el que sus dedos se cerraron en torno a la espada. Todas aquellas tinieblas se habían abierto paso hasta su alma, llenando cada fibra de su ser. No hubo resistencia alguna, era como si aquella espada fuese una llave que les daba acceso a su interior.
Pero no importaba, el poder era maravilloso, revitalizante, pero sobretodo, era suyo. Ahora entendía a lo que Ophiel se refería cuando hablaba de “Su legado” y porque lo ansiaba tanto. ¿Quién no querría un poder así?
Las Elhaym alzaron el vuelo casi al unísono, reuniéndose con el ser que aún no había entrado en batalla. Aquel ser metálico rodeado de espadas hizo un sonido inentendible y las Doncellas empezaron a acumular magia. Era como si les hubiesen dado una orden. La luz se concentró en torno a ellas, en sus alabardas, las cuales apuntaban directamente a Leena. Luz… aquel asqueroso elemento que tanto le desagradaba y dañaba. Sin duda si aquel ataque la alcanzaba moriría. ¿Por qué estaba tan serena entonces?
Las Doncellas dispararon. De sus lanzas surgieron rayos de Luz devastadora que se precipitaban a toda velocidad hacia Leena, la cual simplemente alzó la mano, la palma extendida hacia los rayos, como si se preparara a frenarlos con sus manos desnudas. Pero no, en su lugar, frente a ella, una gigantesca boca de sombras se materializó con las fauces abiertas. Los rayos de luz impactaron dentro de la boca y empezaron a ahogarse, como si tanta oscuridad fuese abrumadora, como intentar alumbrar una gran sala con la luz de una vela. La boca se cerró, clavando los dientes en la Luz, partiéndola, deshaciéndola, desvaneciéndose junto con ella instantes después.
Sin embargo, la calma no duró mucho. Leena dio un paso adelante y se desvaneció en lo que dura un parpadeo. Instantes después tres de las Elhaym caían muertas al suelo. Leena había aparecido tras de ellas, enarbolando una espada. Era diferente a la que había reclamado: Era recta, de una mano, con una hoja de metal negro. La empuñadura y el centro del principio de la hoja parecían cristal en el que latía un brillo morado espectral.
La espada había alcanzado a tres de las Doncellas tras haber trazado un arco con ella. La espada, imbuida del poder de Leena había dejado una herida en cada una, de la cual emanaba un humo negro que se extendía por el cuerpo de las caídas. Las elementales se convirtieron en esquirlas de luz al impactar, ahogadas por aquellos vapores oscuros.
El resto de Doncellas reaccionaron un instante después, al igual que el ser que hasta entonces se había mantenido al margen. Leena fue más rápida. Alzó la mano al cielo y bajo ellos surgió un torrente de oscuridad similar al que había en el templo. La energía oscura devoró a las Elhaym, sin dejar nada de ellas, así de simple. Sin embargo, el ser metálico permaneció allí, estoico. Había usado sus espadas para detener gran parte del ataque de Leena.
Ambos se encararon, flotando en el cielo. Bajo ellos, XIX y Ophiel se apartaron, situándose junto a los cimientos del templo.
—Por Abel… ¿Qué le ha pasado? —Murmuró XIX, su tono mezclaba asombro y preocupación a partes iguales.
Ophiel guardaba silencio a su lado, pareciera como que, aun sabiendo lo que había en ese templo, le costaba asimilar lo que sus ojos veían. Finalmente habló.
—Ha reclamado a Noche Eterna. El arma de Phandemonium, pero hay algo más… —Dijo, como si las palabras no fueran dirigidas a nadie en particular, como si simplemente se le escaparan de los labios —. Esa aura, ese poder… oh, padre…
Callaron, pues el combate había empezado. Aquel ser, llamado Seraphim Potestas, era un arma creada para destruir a la oscuridad. Un ser al que las mismas tinieblas temían, y con razón, pues cada Seraphim tenía en su interior la esencia divina de sus creadores. Leena nunca se había enfrentado a nada parecido.
Luz y Oscuridad danzaban en el cielo. Las espadas del Seraphim se proyectaban contra Leena, buscando su carne, ansiosas de derramar su sangre maldita. Ella esquivaba algunas hojas y desviaba otras usando su espada y sus sombras. Era difícil enfrentarse a algo que manipulaba tantas armas, pero Leena también tenía un arsenal en su interior. Choques, golpes, sangre, metal. Aquel era un combate cruento, igualado, lo cual era incluso peor, pues ambas partes luchaban dándolo todo.
Algo cambió entonces. El Seraphim mostraba ya claros signos de desgastes: Su cuerpo metálico estaba agrietado, agujereado, partido. Aquellas heridas provocaron que de él saliese más luz, redoblando su ataque. Ahora aquel ser era capaz de controlar mejor las espadas (Normalmente no las usaba todas al mismo tiempo), y acosaba a Leena con más intensidad. Varias heridas aparecieron en su cuerpo, allí donde las espadas la rozaban su piel reaccionaba abriéndose, quemándose, provocándole un intenso dolor.
Más y más oscuridad alimentaba las acciones de Leena. Su interior era un mar de sombras, ahora mismo el oleaje era calmado, pero necesitaba embravecerlo si quería destruir aquel ser. Y así lo hizo. Empezó a sentir más y más poder surgir de dentro de ella, aunque a su vez también notaba como su consciencia perdía terreno. Era un intercambio: Poder a cambio de control. Se preguntó qué pasaría si dejaba que la oscuridad tomara todo el control… ¿Se perdería para siempre, ahogada en ese infinito mar? La idea la espantaba, debía tener cuidado.
Con esas nuevas fuerzas se precipitó hasta el Seraphim, el cual respondió enviando ocho de sus espadas contra ella. Leena invocó sus sombras, en forma de garras y fauces, que se aferraron a las espadas, deteniéndolas, aunque una de ellas logró alcanzarla, clavándose profundo en su vientre. El dolor era desgarrador, como si la espada estuviese al rojo vivo, retorciéndose dentro de ella. Tenía que aguantar. El Némesis la mantendría estable. Ignorando el dolor descargó una estocada con Noche Eterna hacia el Seraphim, el cual intentó bloquear con sus espadas restantes, no siendo lo bastante rápido. La hoja se clavó en su metálico cuerpo y Leena la soltó, dejándola ahí incrustada, apartándose. Se había expuesto a un ataque para tener una oportunidad de alcanzarlo directamente. Ahora solo tenía que aguantar viva y consciente el tiempo suficiente.
El Seraphim parecía gemir de dolor, aunque no tenía una voz clara. Los sonidos que emitían sonaban como campanas lejanas, en forma de melodía, pero sonaba rota, marchita. La hoja clavada en su cuerpo lo dañaba, lo hacía retorcerse. Leena entonces invocó al abismo.
Era una de sus técnicas de Ki. La primera que había desarrollado y su favorita personal. De sus alas las plumas salieron despedidas por todas partes, aterrizando en el aire mismo, disolviéndose en manchas de oscuridad. Pronto toda la zona alrededor se convirtió en una cúpula negra. En su interior la única luz procedía del Seraphim, ahogada por Noche Eterna. Gruñidos resonaron en aquella oscuridad. De aquellas sombras habían aparecido multitud de apéndices: Fauces, garras, cuchillas, espinas, zarcillos. Decenas de ellos, lanzándose hacia el Seraphim como polillas hacia la luz. Lo hicieron pedazos. El sonido del metal siendo aplastado, cortado, mordido, y maltratado llenaba el lugar hasta que la oscuridad se disipó, mostrando a su maltrecho enemigo.
Leena extendió la mano y Noche Eterna se formó en sus manos, desapareciendo de dentro del cuerpo del Seraphim. La criatura estaba en un estado lamentable, su estructura metálica estaba hecha añicos y se podía ver el núcleo de Luz que le daba poder. El combate había acabado.
Las espadas del Seraphim se replegaron a su espalda, dándole la falsa apariencia de ser dos inmensas alas de cuchillas. La Luz de su interior empezó a brillar con más fuerza, mucha más, haciendo que Leena tuviera que cubrirse los ojos para no deslumbrarse. No, aquel ser aún no había mostrado todas sus cartas.
Del núcleo de poder del Seraphim surgió una enorme descarga de Luz en forma de cruz que se precipitó hacia Leena. Era demasiado grande para simplemente esquivarla, al menos era de un centenar de metros de diámetro. Se preparó. Cuando aquello la alcanzó todo se volvió blanco durante unos instantes.
XIX y Ophiel pudieron ver desde la distancia como del ataque de aquel ser se formaba una gigantesca explosión de Luz. De ella Leena caía al suelo, cerca de ellos. Su cuerpo estaba destrozado, lleno de sangre, sus alas habían perdido casi todas sus plumas y su espada se desvaneció en el aire cuando esta abandonó sus manos.
Corrieron a auxiliarla, pero pudieron ver horrorizados como aquel ser preparaba otra descarga como la anterior. Aquel poder… era como enfrentarse a la ira de un dios. Pareciera que quien los creó pensó en dejar lo mejor para el final. En usar el poder definitivo para aquellos capaces de dañar la coraza de su creación.
Leena abrió los ojos. Había tenido que convertir el mar de su interior en un maremoto para mantenerse consciente tras aquello, y apenas lo estaba logrando. Todo a su alrededor había perdido color. XIX y Ophiel la ayudaron a incorporarse y ella miró al cielo, hacia su enemigo. En sus manos empezó a formarse una esfera de oscuridad.
El Seraphím disparó su Luz… y Leena respondió con Oscuridad.
La deflagración del Seraphím, en forma de cruz, chocó con el torrente de oscuridad que lanzó Leena. Fue el mismo ataque con el que atacó a Ophiel durante su combate: Una descarga de oscuridad devastadora, aunque la que acababa de lanzar era mucho más poderosa que la que proyectó contra su hermano hacia unos largos minutos.
Con aquel choque la creación misma parecía estremecerse. Las dos esencias más puras del mundo luchaban, buscando imponerse contra la otra. Luz y Oscuridad, Beryls y Shajads, el conflicto eterno. Leena flaqueó. El ki que hacia todo eso posible empezaba a agotársele. Tenía que sacar más poder de aquella oscuridad… aunque eso significase perderse para siempre.
Era como si su alma fuese arrastrada por las olas de su interior. Las mareas la arrastraban hacia abajo, ahogándola. Todo se volvió negro y Leena ya ni siquiera veía lo que estaba haciendo. Solo liberaba energía, sin cesar, era todo lo que podía hacer.
Y un rayo de luz brilló en las oscuras aguas. Era tenue, como dos estrellas en el cielo. Leena pudo sentir fuerzas renovadas. XIX y Ophiel estaban dándole todo lo que les quedaba. Los últimos vestigios de su Ki antes de que la falta de energía vital les hiciese perder el conocimiento.
Confiaban en ella. Podían haber usado sus últimas fuerzas para huir de allí. El Seraphim la quería a ella, podían haberla abandonado a morir. Pero no lo hicieron… aquellas estrellas brillaron con más fuerza, y se le unieron otras más.
La joven Yvaine. La necesitaba, era su espía, necesitaba su ayuda para sobrevivir a las intrigas políticas que se formaban en su contra, la corona era pesada en su joven cabeza.
La jovial Tania, la bruja con el mejor carácter que jamás habia conocido. No podria soportar la idea de que se entristeciera al saber de su muerte. Ella siempre debía sonreir, era lo que mejor se le daba.
La pequeña Alfie. Una Havlin con una divertida forma de reaccionar a las situaciones. Le había prometido volver, que pasarían juntas tardes contándose todo tipo de cosas. No podía romper una promesa hecha a una mujer así.
El curioso Nao junto con Anankos. Era un hombre de lo más peculiar y, lo más importante de todo, era de fiar. Le debía la vida, tenía que encontrar, algún día, la forma de pagarle por ello.
La elegante Evren. Era, quizás, una de las pocas personas con las que podía conversar mientras su sangre Ilmorense salía a relucir. Quería compartir muchas cosas con ellas, no solo libros. Y si moría hoy sería un horrible final para una novela.
La hermosa Anisia. Una persona que le había enseñado que la vida podía ser más que muerte y dolor. Deseaba volver a su bosque un día, como amiga en vez de como asesina, y rodearla con sus brazos mientras la noche las arropase.
La misteriosa Noa. Poco sabia de ella últimamente, sin embargo, el tiempo no la había apartado de su memoria. ¿Conservaría aún la lámpara de lampyridae que le regaló? Deseaba que llegara el día en el que sus miradas volviesen a conectar.
El tétrico Alexis. Le había hecho una promesa al emperador de Andra, y él no era el tipo de hombre que aceptase la muerte como excusa para no cumplir un trato. Volvería con respuestas, con la verdad.
La exótica Ryoya. Una mujer que aún buscaba su lugar en el mundo, como Leena y, aun con sus altibajos, era alguien que lograba sacarle una sonrisa incluso en los peores momentos.
Todas aquellas estrellas brillaban en el firmamento, juntas, uniendo sus luces, como un faro que evitaba que Leena se perdiese en aquel mar infinito. Varios nombres más se unieron a las estrellas, pero uno, el último, brilló con más fuerza.
Él. La persona que la rescató de niña. Quien le enseñó a sobrevivir. Quien le dio una identidad, un futuro. Aquella persona a la que le debía todo. Aquella que desapareció un día sin dar señales de vida, dejándola sola con sus enseñanzas. Su nombre, grabado para siempre en su alma.
Aquella luz guía se alzaba, era un punto de apoyo, algo a lo que aferrarse mientras el mar la engullía. Pudo sentir como aquella luz no la abandonaba, era lo único que necesitaba. Un motivo para no perderse. Leena cerró los ojos, sintiendo calidez en el pecho.
Y dejó que la oscuridad la envolviera por completo.
La energía que manaba de Leena, en forma de descarga contra la del Seraphim, dobló su tamaño. Como si la presa que contenía el agua de un embalse de repente hubiese desaparecido. El torrente de oscuridad se sobreponía con facilidad al ataque del Seraphim, empujándolo, resquebrajándolo. Y con un crujido, se quebró. El torrente avanzó sin impedimento, envolviendo el cuerpo de la creación divina, devorando su carcasa, apagando su Luz, consumiendo su esencia.
Cuando aquella descarga de poder alcanzó ese cielo radiante lo partió en mil pedazos, cayendo como cristales dorados, y la realidad a su alrededor empezó a fluctuar. La Vigila, donde se encontraban, empezaba a desestabilizarse. Las energías que se habían liberado habían sido demasiado poderosas.
Leena bajó los brazos y cayó al suelo, junto a Artorius y Ophiel, habiendo abandonado aquella forma que había adoptado al tomar la espada de su padre, volviendo a la normalidad. La negrura envolvía su vista, su alma misma. Pero aún podía ver, en la distancia, aquellas luces en el abismo.
Y eso era todo lo que necesitaba.