El Eclipse

Thorn | El Mar de Bronce

Aún bañada en la sangre de Xarabas me dispuse a buscar el espejo por el que había entrado a la Vigilia de Deloran. El combate que habíamos disputado había sido de tales dimensiones que no quedaba piedra sobre piedra en lo que minutos antes había sido un majestuoso castillo. Utilizando mis sombras despejé la zona donde habían estado los aposentos de la ahora difunta deidad hasta dar con el preciado objeto. Milagrosamente seguía intacto, señal clara de que tenía algún tipo de magia protectora. Poco importaba, lo único que deseaba era regresar, irme de este lugar, pues empezaba a sentir una sensación extraña en mi interior desde que absorbí la Oscuridad que había residido dentro de Xarabas.

Era como si algo estuviese vivo en mi interior y luchase por salir, como un balón que se inflaba y desinflaba, cada vez más grande, cada vez con más fuerza. Algo no iba bien, estaba claro, y las únicas que podían arrojar respuestas a esto eran Cidira y su progenitora.

Atravesé el espejo para regresar al mundo real, el físico, ya vuelta en mi forma original y con mi capa cubriendo mi ausente brazo izquierdo. Sí, podría mantener el artificial hecho de Némesis, pero no era necesario en ese momento; estaba cansada y prefería minimizar el gasto de energía. Naturalmente, en este lado el castillo estaba intacto, pues es la Vigila la que es un reflejo del mundo real y no viceversa. Posiblemente, con el pasar de los meses o los años, el propio castillo que destruimos durante la batalla volviese por su cuenta a su estado original.

Lo que me encontré una vez abandoné los aposentos donde estaba el espejo me dejó sorprendida: Un regimiento entero de seres oscuros fuertemente armados, acompañados por miembros de la Guardia de Sangre, esos Duk’zarist al servicio de Xarabas. Los dos que yo misma controlé antes de entrar yacían en el suelo, presumiblemente muertos. Pintaba feo, eran demasiados como para controlarlos directamente al instante, aunque siempre podía huir.

Sin embargo, uno de los duk’zarist reparó en la espada que colgaba de mi cinturón ahora mismo, un trofeo que había tomado de mi victoria sobre el Dios de la Oscuridad, su propia espada-látigo. Muchos de ellos se mostraron sorprendidos y otros se miraron entre ellos, así que aproveché la situación para, públicamente, proclamar mis actos, el cómo había asesinado a su señor, todo en un intento de intimidarles, de que ninguno tuviese el atrevimiento de atacar a la persona responsable de matar a uno de los tres Dioses de la Oscuridad. Sorprendentemente, aquello funcionó bastante bien, pues gran parte de aquellos seres se postraron de inmediato y, al ver aquello, los restantes los imitaron. Allí reinaba la ley del más fuerte, al parecer y, si yo tenía el suficiente poder como para derrotar a su antiguo señor, me iban a tomar a mi como su señora a partir de ese momento. Aquello sería problemático, pero ya le buscaría solución en el futuro.

Me despedí de ellos, ordenándoles esperar y seguir con sus labores hasta que recibiesen noticias mías y abandoné la fortaleza aún con esa sensación extraña en mi interior. Menos mal que no habían querido pelear pues, en mi estado actual era posible que no hubiese salido bien parada de la situación. Así, demasiado debilitada como para regresar volando, pude al menos hacerlo a la carrera, alcanzando Thorn a los minutos.

Grande fue la reacción de Cidira cuando me vio entrar en el piso franco donde nos hospedábamos, sobretodo al percatarse de la ausencia de uno de mis brazos. Tanto ella como Miry estuvieron lamentando profundamente el no haberme acompañado y yo, sinceramente, no tenía ni las ganas ni la energía como para discutirles, a pesar de lo absurdo de sus palabras.

En fin, pasado ese rato de recibir la charla de ambas, al fin pudimos hablar más calmadas, poniéndolas al día de lo que había pasado. Flora parecía complacida y se mostró muy interesada en esa sensación extraña que me ocurría, aunque Cidira más bien estaba muerta de preocupación. Ambas insistieron en tomar muestras para analizarlas y no tuve más remedio que ceder y esperar junto a Miryssierth a que las brujas tuviesen una respuesta. Tiempo bien aprovechado en el que pude descansar, reponer fuerzas, recuperarme un poco aunque fuese.

Sin embargo, y para creciente preocupación, aquello iba a peor a cada minuto que pasaba. Si bien mi Ki se regeneraba con normalidad, la ominosa sensación en mi interior no se desvanecía ni menguaba. Eventualmente, ambas brujas salieron con preocupantes resultados que compartir. Al parecer, absorber la oscuridad de Xarabas resultó ser un error, un error fatal. Mi cuerpo, al ser principalmente humano y mortal, no está preparado para contener tantas cantidades de dicho elemento, las cuales solo podría contener un Elemental o algo por el estilo.

El caso era que, si esto seguía así, moriría, y no de una forma agradable. La oscuridad dentro de mi acabaría afectando a mi cuerpo, devorándolo por dentro. Por fortuna, mi alma si estaba acondicionada para soportar aquello, solo había que encontrar solución para mi carcasa física. Y resultó que Flora tenía la solución ideal al problema, siendo tal vez hasta demasiado conveniente, casi como si lo hubiese planeado ella todo desde el principio… Naturalmente, era que yo misma me sometiese al ritual durante el Eclipse.

Ofrecí mi rechazo ante la idea de pasar por algo así. No estaba segura de que consecuencias tendría, ni de si otro de esos Dioses de la Oscuridad haría acto de presencia para aguar la fiesta. Todo era muy arriesgado y no había ninguna garantía, pero no parecía haber otra solución; era eso o morir, y la segunda opción fue rápidamente descartada por bruja y dragona.

Sin querer ahondar en los detalles, al final las cuatro acabamos listas para partir y, debido a la gran distancia a recorrer y el poco tiempo disponible, optamos por la decisión más obvia: Ir volando en lomos de una Miryssierth en su forma de dragón. Las brujas y la propia Miry se encargaron de usar sus magias y demás para poder emprender el vuelo camufladas, lo cual era de agradecer… a menos llamásemos la atención mejor. Para ese punto, los “latidos” ya eran casi insoportables, resonaban en mi cuerpo de tal forma que hasta podría llegar a vibrar.

Aterrizamos cerca de unas ruinas abandonadas y olvidadas en el tiempo. La arquitectura era irreconocible debido al pobre estado en la que se encontraba, pero las piedras negras que antaño formaron columnas, muros y arcos llamaban la atención. Prácticamente todas estaban grabadas con un sinfín de filigranas y símbolos rúnicos los cuales desconocía en su totalidad, aunque ambas brujas parecían entusiasmadas por ver aquello. De no ser de lo apremiante de la situación seguramente podrían pasar semanas aquí metidas.

Con el sol casi sobre nuestras cabezas nos adentramos en las ruinas. Me aventuré a pensar que aquello podría haber sido un lugar de culto décadas o siglos atrás, una podía pararse a imaginar cómo habría lucido aquello en sus años de gloria, pues el edificio era grande, espacioso. A día de hoy poco restaba de aquello, no había muros propiamente dichos, y de techo ya ni hablamos. Con suerte nos encontrábamos con alguna parte que tenía tres o cuatro enormes ladrillos de piedra uno sobre otro, estando el resto repartidos por la zona, como si algo hubiese barrido de un plumazo el lugar. Lo que si se conservaba en mejores condiciones era el propio suelo, pues parecía construido del mismo material, adornado igualmente por dichas runas y filigranas. Miry hizo un buen trabajo despejado la zona de maleza y de las plantas que habían tomado posesión del lugar con el pasar de los años con un poco de sus llamas.

Y finalmente dimos con lo que aparentemente vinimos a buscar. En el centro de las ruinas un enorme circulo arcano se encontraba presente, igualmente tallado en la misma piedra, delimitado, pero a la vez conectando con la infinidad de líneas y runas que unían todas las piedras que formaban las ruinas. Era como si todo fuesen pequeños ríos que desembocaban justo en ese lugar. Nunca había visto a Cidira tan entusiasmada, casi daba saltitos de la emoción.

Yo realmente no sabía muy bien que hacer, así que me limité a escuchar a las expertas en el tema. Flora repasaba sus apuntes con velocidad, analizando los símbolos, haciendo anotaciones mientras discutía diversos temas con su hija. Miry estaba preocupada (y con razón), así que se dedicó a sobrevolar la zona en busca de actividad hostil. Me limité a esperar y, pasadas unas horas, todo empezó.

Allá en el cielo, el Sol cambió. Lo que parecía ser la Luna apareció por uno de sus lados, avanzando lentamente para comenzar a cubrirlo. A medida que eso pasaba, todas esas líneas y runas grabadas en cada piedra empezó a iluminarse paulatinamente. Era una especie de energía violácea extraña, parecida a la que imbuía a Nocheterna, si es que no era directamente la misma energía. A medida que el astro rey se iba ocultando, más fuerte dicha energía se hacía visible, fluyendo desde cada piedra hasta el centro de aquel lugar, alimentando el circulo arcano y todos sus recovecos. O eso habría pasado, pero ya fuese debido al mal estado de las ruinas o por ser algo diseñado a propósito, lo cierto era que la energía que fluía por las piedras no parecía ser suficiente para llenar todo el círculo mágico. Justo como Flora indicó en sus estudios, se necesitaba “algo más”.

Con la certeza de lo que tenía que hacer en mente, me aproximé al centro de dicho circulo e invoqué a Nocheterna en mi diestra en forma de una hermosa daga con la que no dudé en rajar la palma de mi zurda para que la sangre empezase a manar de ella. Apreté el puño para acelerar el proceso y una buena cantidad de la sangre oscura que corría por mis venas empezó a aterrizar sobre el círculo, empezando esta misma a dibujarse del mismo tono que el resto de la energía, fluyendo y rellenando los huecos que faltaban. Hasta juraría que el color se había vuelto hasta más intenso, profundo. Fue entonces que el Eclipse fue total y el Sol, la luz fue totalmente derrotada por la oscuridad que todo cambió.

Todo vibró a nuestro alrededor, el suelo, las piedras, hasta el espacio mismo parecía moverse a nuestro alrededor. Las brujas se acercaron la una a la otra, buscando seguridad mutuamente y, aunque Miry fue a mi encuentro, la ordené que protegiese a Cidira pasase lo que pasase. Yo debía permanecer en posición, pero debía asegurarme de que ellas dos no corrían ningún peligro. Fue entonces que sentí una violenta sensación de desplazamiento, similar a la que se siente cuando te fuerzan a teletransportarte y, cuando nos quisimos dar cuenta, todo a nuestro alrededor había cambiado.

Lo que habían sido unas ruinas en un estado lamentable ahora era aquel edificio que una vez fue. Una estructura enorme que recordaba a una catedral gótica, de altas paredes, arcos majestuosos y pilares finamente labrados. Todo hecho de aquel mismo material, todos, a su vez, presentando esos grabados, todos emitiendo esa energía sin parar, que fluía hacia el centro donde me encontraba al ritmo de los latidos de un corazón. Una vez más, me encontraba en la Vigilia de aquel lugar.

Mis acompañantes parecían confusas por lo sucedido, desorientadas. Lamentablemente no parecía haber tiempo para analizar la situación pues, pocos segundos después de que ocurriera, del círculo mágico empezaron a manar finos hilos, naciendo de la infinidad de líneas grabadas de su superficie. Dichos hilos empezaron a formar una especie de crisálida a mi alrededor, tejiendo un capullo a una velocidad vertiginosa. Mi instinto más primario fue el de salir de allí, evitar quedarme atrapada antes de que fuese demasiado tarde, pero… ¿No era este el punto de todo el viaje? Reuní todo el valor del que disponía y me forcé a seguir allí, con la esperanza de que, aunque todo saliese mal, al menos Miry y Cidira podrían estar bien, escapar volando de este lugar.

Conecté miradas con ellas instantes antes de que los hilos oscuros acabasen la crisálida, intentando mantenerme serena y segura para inspirarles confianza. Entonces me envolvieron por completo y todo se volvió negro.