Habíamos llegado a Deloran tras pasar por aquella larga travesía y superado aquel abismo insondable. Naturalmente, en esos momentos no sabíamos nada de aquel lugar, ni siquiera que se llamaba así. No éramos más que tres viajeras perdidas en medio de la nada, con nada más que una inmensa llanura delante de ellas, bañada con la tenue luz de la luna en el firmamento.
Tras analizar la situación nos pusimos en movimiento de inmediato. Decidimos viajar a pie por precaución. No sabíamos qué clase de criaturas habitaban en aquel lugar, y una dragona como Miry en pleno vuelo era demasiado llamativo. Así pues, y a pesar de las futuras quejas de la bruja, empezamos a andar hacia lo desconocido, siempre guiadas por esa especie de latidos que me instaban a dirigirme en una dirección en particular.
La travesía continuó por unos días más, aunque era difícil saber cuándo estos pasaban, ya que a pesar del pasar de las horas el sol nunca aparecía. Era como si en aquel lugar solo existiese la noche. Una oscura, tenebrosa e interminable noche.
Aquello era preocupante, por supuesto. Cidira fue la primera en percatarse de aquello, siendo obvio cuando más horas pasaban. Estaba claro que estaban en un lugar distinto al “mundo real” … ¿O quizás aquella oscuridad las había transportado a otro lugar del planeta? Se decía que cerca de los polos las noches y los días duraban meses cada uno… pero también que hacía frio y era todo un páramo helado. Mucho en que pensar, y el hecho de que hubiese abundante vegetación a pesar de la carencia de luz solar solo lo hacía todo más extraño.
Sin embargo, y siendo completamente honesta, tras esa sorpresa inicial y la preocupación consecuente… lo cierto es que aquello me gustaba. ¿Una tierra sin sol? ¿Bañada en oscuridad constantemente? Era paradisíaco, sin mencionar que allí me sentía cómoda, llena de energía. Si tan solo no hubiese tenido esos constantes latidos martillándome la cabeza… Nada era perfecto al parecer.
Eventualmente dimos con un pequeño y rudimentario camino… Bueno, tal vez llamarlo camino era ser muy generosa, pues no era más que una zona de la pradera en la que la hierba era menos densa y tenía dos marcados surcos en la tierra, fruto del continuo pasar de los carros con total seguridad.
Alcé el vuelo para otear el terreno y pude ver como una parte del camino llevaba a un pequeño bosque y la otra parte parecía dar a una igualmente pequeña aldea que no debía contener más de treinta habitantes. Tras aterrizar compartí mi descubrimiento con mis compañeras y Cidira llegó a la conclusión de que el camino debía haberse formado por los leñadores que usaban carros para transportar la leña y troncos del bosque a la aldea y, tal vez, por los cazadores. No importaba demasiado, lo que si era relevante es que por fin habíamos dado con signos de civilización en aquellas tierras sombrías.
Tras unos minutos de caminar, llegamos a las afueras del pueblo. Era lúgubre, triste, rodeado por un aura ominosa. Apenas había gentes en sus calles y estos, además, ni siquiera parecían humanos. En su lugar, una especie de seres humanoides estaban haciendo sus vidas en aquella aldea. Aquellos individuos lucían realmente como humanos, salvo por el pequeño detalle de que median casi tres metros, tenían un par de cuernos en la cabeza y un tercer ojo en la frente de color rojo. Eran básicamente gigantes.
Por regla general prefiero no acercarme demasiado a personas que podrían espachurrarme si se me caen encima, pero teniendo en cuenta que eran las primeras personas que veíamos desde que llegamos había darles una oportunidad… mis compañeras parecían algo dudosas o precavidas, pero realmente más preocupados parecían aquellos habitantes de aquel lugar.
A medida que entrabamos en la aldea, sus gentes nos seguían con la mirada. No parecían completamente hostiles, pero daba la sensación de que no necesitarían mucha motivación para iniciar una pelea, o para que nos invitasen de manera agresiva a abandonar el lugar. Lamentablemente, los intentos de comunicarnos con ellos fueron infructíferos, ya fuera porque rehusaban hablarnos o, los pocos que nos dedicaban unas palabras, lo hacían en un idioma desconocido para las tres.
Por fortuna, la bruja tenía un as bajo la manga, y es que con un sencillo hechizo Cidira le permitió entender al instante el lenguaje de aquellas gentes. La magia era útil, eso era innegable, pero nunca me gustó demasiado. Peligrosa e impredecible…
Sea como fuese, Cidira pudo servirnos de interprete a partir de ese momento y, con algo de suerte y persuasión, pudimos relacionarnos con algunas personas de aquel lugar. Descubrimos que eran “jayán”, o al menos así se hacían llamar a sí mismos, y que las tierras donde habitaban eran las Tierras del Murmullo, en Deloran. Naturalmente, no fue fácil sacarles tanta información. Eran bastante reacios a siquiera dirigirse a nosotras, aunque el alcalde accedió a recibirnos, seguramente gracias al hecho de que Cidira conociese su lengua.
Cidira les dijo que estaban de viaje hacia el norte, cosa que les extrañó ya que ellos eran de las aldeas que más al sur se encontraban y quisieron saber de dónde se suponía que éramos. Lamentablemente no podíamos darle ninguna respuesta satisfactoria, pues preferimos no revelar que veníamos de más allá del muro de oscuridad. Eso levantaría sospechas innecesarias y era preferible no llamar más la atención.
Nos alejamos de la aldea, sin siquiera poder descansar una hora o dos en ella. Tampoco habríamos podido hacerlo, demasiadas miradas cargadas de desconfianza y rechazo. Al menos ahora teníamos un camino que seguir, dirección al norte, el cual seguimos sin dudar. Por fortuna o desgracia, otras tantas aldeas similares nos encontramos por el camino, cada una habitada por una raza distinta. La mayoría eran humanos, eso sí, pero también pudimos ver duk’zarist (una especie de elfos oscuros) y daimah (gentes con algunos rasgos animales). El trato fue similar en todos los casos, incluso los humanos nos trataron con desconfianza y recelo. Ese lugar debía ser terrible para generar ese hermetismo en sus gentes, y no era para menos.
Por lo menos pudimos sacar más y más información a medida que encontrábamos aldeas. Curiosamente, los que más nos sirvieron fueron los duk’zarist, ya que la alcaldesa, una mujer madura que rondaría los cincuenta años según el estándar humano, nos retó a un combate. Era simple, si ganábamos nos respondería a nuestras preguntas, y si ganaba ella tendríamos que quedarnos a trabajar para ellos. Básicamente, información o esclavitud.
Decidí enfrentarla yo misma, por varias razones. Cidira era demasiado débil, esa mujer parecía una hechicera más experimentada, eso sin contar con el hecho de que la bruja no conocía magia ofensiva como tal… y Miry, bueno… mejor que nadie conociese su naturaleza. Todo eso sin contar el hecho de que yo las había metido en este viaje, y mía era la responsabilidad y yo debía correr los riesgos.
El combate fue corto, afortunadamente. A las afueras del pueblo, con la mayoría de sus habitantes haciendo corro alrededor nuestra, apoyando a su alcaldesa y deseándonos las peores desgracias con la mirada. Pero se llevaron un chasco. Cuando empezó el combate, haciendo uso de mi velocidad, pude hacer que el filo de una de mis dagas besara la piel del cuello de la duk’zarist, sin llegar a cortarla, pero ciñéndola bien, sin haberle podido dar tiempo a realizar ni un pobre ensalmo.
A partir de ese momento, esa amplia hostilidad que nos proferían cambió a algo distinto. Una mezcla de temor y respeto empezó a bullir en esas gentes. Estaba claro que veneraban la fuerza y la temían a partes iguales. ¿Parte de su cultura, tal vez? ¿O fueron las condiciones de aquel lugar las que los condicionó a aquello? No importaba, lo que sí era relevante es que por fin pudimos tener buena información.
No solo pudimos contrastar lo que el pueblo jayán nos dijo, sino que aprendimos que, aquellas tierras bañadas casi perpetuamente por la noche estaban bajo el control de los llamados “Dioses de la Oscuridad”. Eran tres, y uno de ellos, llamado Xarabas, gobernaba esa parte del mundo. Sí, mundo, ya que, al parecer para ellos, Deloran era todo lo que había quedado del mundo desde tiempo inmemoriales. La alcaldesa no preguntó nuestros motivos ni el porqué de esas preguntas, aunque pudimos ver la curiosidad en sus ojos, pero nos instó a visitar Thorn si no lo habíamos hecho ya. Era la ciudad más grande de las Tierras del Murmullo, bajo el control de Xarabas. Lamentablemente, ni ellos ni nadie que conocieran habían sentido nada parecido a unos “latidos” como los que yo experimentaba.
Por lo menos pudimos descansar un par de días en aquella aldea, tiempo aprovechado para conocer más sobre Deloran, sus curiosidades y sus gentes. Dejé a Cidira encargarse de recopilar información, era la erudita, la que tenía una mente más afilada de las tres. Yo, por mi parte, me relacionaba con algunos de los habitantes de la aldea. Algunos de ellos, muchachos que eligieron el camino de las armas, soñando un día con ser parte de La Guardia de Sangre (Duk’zarist al servicio directo de Xarabas), me pidieron consejo y realizar algunos entrenamientos marciales con ellos. Su combinación de refinadas técnicas que empleaban poderes mentales ígneos y unas armas llamadas “Zebah”, hechas de madera de Ghestal, un material especial tan resistente como el acero mejor templado, decoradas con runas rojas.
Pasados esos días decidimos abandonar la aldea y poner rumbo a Thorn, la capital de las Tierras del Murmullo. Quizás allí podríamos arrojar luz al asunto de los misteriosos latidos que sentía y zanjar el asunto antes de que las cosas se saliesen de control. Por el camino pudimos encontrar aquello que la alcaldesa nos advirtió durante nuestra estancia allí: Deloran estaba plagada por sucesos sobrenaturales inexplicables y habitada por aberraciones de pesadilla. Muchas aldeas mostraban estados ruinosos debido a ellas, y pudimos comprobarlo durante el camino, topándonos con ruinas de lugares en los que grietas enormes en el suelo no habían dejado edificio en pie, o pueblos fantasma únicamente habitados por monstruosidades que deambulaban por la zona. No era de extrañar que cada aldea fuese autosuficiente y rechazase a extraños. Los caminos no eran seguros, y nunca podías saber cuándo alguien con una sonrisa amable podría transformarse en un engendro de pesadilla.
Pero al fin, tras más de dos semanas a nuestras espaldas en aquel lugar, sin haber visto ni una sola gota de luz ni poder abandonar esa constante sensación lúgubre y tétrica, nuestros ojos pudieron posarse en un lugar a los lejos, más grande que cualquier aldea visita anteriormente, compuesta por centenares de casuchas de mala muerte en sus zonas exteriores, pero con mansiones y hasta un castillo en sus zonas céntricas, todo ello coronado por una gran torre en el corazón de la ciudad. Al fin habíamos llegado.