El barco atracó en el puerto de Chaville recién empezado el mediodía. Se podía escuchar el ajetreo propio del lugar junto con el graznido de las gaviotas que sobrevolaban el cielo. Los marineros tocaron la campana y colocaron el puente para poder descargar las mercancías y que los pasajeros pudiesen bajar a tierra firme. Leena salió de su camarote tras recoger todas sus cosas, el viaje había sido largo desde el continente donde se encontraba Albain.
Una vez bajó del barco se tomó un momento para sentir aquello… estaba de nuevo en Gaïa y, aunque su ciudad natal quedaba muy lejos de allí, podía sentirse en casa. Cada lugar del mundo era único y Gaïa sin duda era especial para ella: El Zeon del ambiente, el aire y la propia tierra era distinta a la de los lugares ajenos a aquel continente, pero no estaba allí por nostalgia, tenía cosas que hacer así que se puso manos a la obra.
Su objetivo no era otro que la capital de todo el imperio, Arkangel, un destino que por tierra tomaría semanas si no meses de viaje… sin embargo había otras formas de viajar, como el barco o… el aire. Leena empezó a caminar por las calles de Chaville, era una ciudad hermosa, repleta de coloridos jardines, magníficos monumentos y lujosas mansiones. Los ricos vivían muy bien en Chaville, sin duda. Durante el trayecto Leena compró algún refrigerio en un puesto ambulante mientras admiraba a lo lejos la gran Torre de Reloj, la más grande de toda Gaïa, de treinta pisos de altura, toda una obra de ingeniería que estaba decorada de gárgolas y ángeles por la estructura, dándole un aspecto regio y fatuo.
Finalmente acabó llegando a su destino, la estación de zepelines de Chaville. Por allí pasaba la Línea del Oro, que unía Du’lucart con Chaville y con Markushias. Su plan era llegar a Du’lucart y allí tomar la Línea del Ángel para llegar a Arkangel. El viaje costaría aproximadamente unas quinientas monedas de oro, una pequeña fortuna en sí misma, pero Leena tenía un as bajo la manga.
Una vez estuvo en la zona de acceso donde los encargados revisaban los billetes de vuelo y los marcaban Leena extrajo de su mochila una pequeña tarjeta que conservaba de su época como agente de Wissenschaft. Cuando el trabajador miró la tarjeta la dejó pasar sin hacer preguntas así que Leena simplemente se dirigió a la zona de espera, en principio el zepelín estaría allí en unos minutos.
Pasadas unas horas el zepelín ya había llegado y partía rumbo a Markushias. No era la primera vez que Leena se subía a uno de esos trastos que flotaban por el aire… pero siempre le resultaban curiosos. Aquella tarjeta de acceso le daba permiso a subir al zepelín gratis, si, aunque no a hospedarse en uno de los camarotes de lujo (Los cuales eran muy, pero que muy caros). Los pasajeros normales compartían camarote con otras tres personas, aunque no por ello dejaban de ser suntuosos. Por suerte para Leena el zepelín ese trayecto no estaba lleno y pudo elegir un camarote para ella sola.
Al día siguiente llegaría a Markushias, una exótica ciudad que mezclaba la cultura oriental y la occidental, pues su principado Phaion Eien Seimon, era la puerta de salida hacia Varja, la isla oriental de Gaïa. Aunque le hubiese gustado bajar a hacer algo de turismo por la capital de Phaion, el zepelín solo se mantenía estacionado dos horas desde su llegada y no daría tiempo para mucho, así que simplemente esperó a que volviese a partir y, tres días después y habiendo atravesado el mar interior, Leena llegaría a Du’lucart, el final y el principio de la Línea del Oro. Tocaba transbordo, claro, era otro zepelín el que la llevaría hasta Arkangel, así que repitiendo la operación de hace unos días embarcó en Engelrazzer, el zepelín que la llevaría a la capital del imperio.
Allí la estaría esperando un viejo conocido y juntos desentrañarían un misterio que había atenazado el corazón de Leena demasiado tiempo.